3 dic. 2008

Nuevo Libro. Asesinos de Parto: Invitación.


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Yo sería un asesino de parto si tratase de explicar ahora los versos antes de que nazcan. Hay un juego de sombras y luces que rechazan de un golpe toda tentativa de aprehensión verbal. Esa es la contradicción ígnea de quien escribe a la contra. De igual modo la piara nos rodea con su juego macabro, y al tiempo unas palabras anuncian un resurgir de la inocencia, siempre en desequilibrio, siempre en estado de embriaguez. Ese es el reto de Asesinos de parto. Entre sus sombras en ocasiones refulge una luz, iluminaciones en forma de versos que son una sentencia para todo aquello que asesina lo porvenir.
Que no es buen momento para la poesía lo sabemos. Que nunca lo fue, también. Que sigue siendo necesario acometer con palabras desbordantes “esta vida a puro golpe” es una certeza que avanza ajena a cualquier fijación. Así lo resume Diego:

“Asesinar la canción
o padecer su ignominia
con la estéril gracia
de los mansos.”

Algo se nos debe. Algo debemos a esos “demasiados muertos,/arrastrando consigo/todas las banderas, todos los fantasmas.”
De otro lado se puede ser un asesino desde el parto, y a ese doble juego también hay que estar dispuestos. Que sea la hora del Poeta Asesino, de aquel que no da respuestas, que naufraga constantemente hasta que plantea la pregunta inevitable: “¿No seremos una mentira?” Lejos de la quietud, surge esa rabia compartida. A partir de esa interrogante se abre un campo de acción ilimitado. El verbo vuelve a servir para herir, y no simplemente nombrar.

“Ya no volveremos a ser
lo que nuestras bocas
reclaman en el nombre.”

En este terreno preñado de sombras y fuegos, se nos han planteado varias preguntas urgentes de responder, ya que son las de toda la vida. Lejos de la pura anotación de melancolías, fuera por completo del romanticismo barato, hay aquí un poemario que nos espeta a la cara:

“¿Quién tendrá el valor de alzarse en toda su virtud
de mamífero parlante,
de hinchar el vientre de la tierra
con los colmillos ensangrentados?”

Texto: Juanma Agulles
Fotografía: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto: Advertencia al incauto lector.


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En el ejercicio de la transición, en el movimiento de la certeza que se transforma lentamente, existe un segundo de claridad grávido de sombras. Este ínfimo vislumbre necesita desarrollarse en el caos de su centro para acuñar el valor necesario y acometer el desentrañar la espesura de todo aquello que presiente, que intuye y no alcanza, no puede asir.
En ese instante surge la imperiosa necesidad de mutilar la inocencia, de violar el ritmo, de ahondar el verbo hasta que sangre de él lo que oculta.
De este alumbramiento entre sombras devienen las páginas precedentes con más de una década de antigüedad, con la misma vitalidad de entonces, con la misma urgencia de búsqueda y el mismo reclamo de poesía en transición o metamorfosis poética.
Los que han tenido la riesgosa, dudosa ventura de leer trabajos pretéritos entenderán de qué hablo. Aquellos que no, válgales esta breve descripción de los paisajes del parto como advertencia.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – LXXV.


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Nada vencerá a la poesía,
ni el monstruo que rodea
las entrañas que habito.

¡Perversión de la tinta!

Nadie vencerá a la poesía,
ni el monstruo que agita
las entrañas que habito.

Como un silencioso río
parirá mañanas,
junto a la tumba,
en plena quietud
de luna muda,
los nuevos versos.
Nacerá el hombre,
todo hombre y tierra,
desde sus pies a la cresta.
Nacerá al fin
el hijo negro
de la noche negra,
de la tierra negra
con el sol en las costillas
dando lumbre a otro cielo.

Así será, gusano de la nueva seda.
Sus pies serán tallo y raíz,
sus manos, garras
coronando la torpeza
de su antigua gracia...

Ese será el castigo,
será ese el espacio
que hallará su ser
porque así debió ser,
porque así se alzan ya,
insignificancias erguidas.

Pero este tiempo,
no los ve.

El hoy tiene ojos sin pies.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – LXII.


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Que sea el Lis de tu Blasón,
la noche,
tempestad de luz
violando la gris materia
que nos agita y nos ronda.

Que sea el Lis de tu Blasón,
la raíz que alumbra
el sueño del alba,
la palma que trama los cielos,
la que cava sepulcros,
ventanas en los jardines oscuros.

Que sea el Lis de tu Blasón
el horizonte, el sol
o que sea nada.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – XIV.


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Máscara hambrienta,
herido el rostro que te sostiene y alimenta
oculta en sus llagas
el viento que sueña todo andar.

Se inflama en gestos
su ardor
y es una sombra prisionera
entre lo mudo y el callar.

Máscara hambrienta,
prisión de lo errante,
en este asqueroso
carnaval de soledades.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – LXXI.


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Perseguir el horizonte,
desde la planta enlodada,
desde la palma cerrada
sobre la tinta
hacia el ojo blanco
de la negra noche,
ventana abierta sobre el jardín
de la muerte atribulada
por el espanto que el hombre
le ha concedido a su gracia.

Perseguir el horizonte
o arrebatarle a los días
la estéril destreza
que les da vida…

Perseguir el horizonte
o ser nada.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – XLVIII.


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El frío que hiere al mundo
silba en el gesto ausente de tu sonrisa
una canción que nadie escucha.

Un gesto amarillo en la placida orilla
de tu carne tendida entre las sombras.

La lluvia que abrió tu vientre
es la sed en la que se hunde mi rostro
y te nombra.

Una mano hiende el aire, cuchillo
que abre los ojos
en la espalda de la noche

Ya no volveremos a ser
lo que nuestras bocas
reclaman en el nombre.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – XLI.



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Un pulso, demiurgo de espanto.
Una contracción en el vientre
del universo.

Libertad.

Insolente gesto.

¡Es tan frágil este barro!

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto – XXI.


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Asesinar la canción
o padecer su ignominia
con la estéril gracia
de los mansos.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

4 nov. 2008

Si fallamos.


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Si fallamos al asesinar a Dios
y hoy lleva otros nombres…
No podemos, ni debemos fallar,
en lo imperioso:

Asesinar al público.



La enajenación es el sostén del público.

El arte se sustenta por si solo,
la bestia que lo devora
sucumbe ante el vacío.



Buscamos la palabra
entre las ruinas del sueño y la mañana.

Insomnio sin gracia.
Dormir sin sueño.
Despertar sin ganas.

Hambre de diversión
saciado en la decadencia.

Resinificar lo cotidiano
o abandonar la vida.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

A nuestras huellas.


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Le han crecido clavos
A nuestras huellas

Enjaular peces
Vomitar mañanas
Exonerar nocturnidades
Y desvelos
Eyacular pacientemente
Soledades.

¡La muerte juega en el jardín de un sueño
que aun no ha sido soñado!


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Muros.


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¡Las certezas de han vuelto muros!

Como si el sueño se desgastara,
Como si se degradara a cada vigília,
En cada segar el mundo
Y a pesar de esto, se reconstruyera, más tangible,
En otra orilla lejana y solitaria,
Más adentro, un adentro inagotable
Y sereno que se abre mansamente a su paso,
Paso que babea frágiles luminiscencias,
Estertores de lo que será, de lo que está siendo ya…
Se abren las fauces del dudar…

¡Las certezas de han vuelto muros!


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Verbos imposibles.


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¡Buscamos la tierra de los verbos imposibles!


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

5 oct. 2008

A dos suspiros de mis manos.


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La silenciosa violencia
de los días.
La monótona oscuridad
de dormir.
El miserable despertar
y transcurrir.

A dos suspiros de mis manos
algo me nombra en susurros.
Presentir beligerante
que ensancha su raíz en mis entrañas.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Asesinar el futuro.


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Subestimar al prójimo
es asesinar el futuro


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Insolentes nuestras manos.


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Lo cotidiano nos consume
la pasión que nos quedaba
ya no hay fuentes de donde beber
ni sed que nos interesa saciar.

Las horas traman muros
aprisionando las sombras
que fuimos, sondando el sueño,
y ante el mundo se vuelven insolentes nuestras manos.

Nos urge un hambre que no nos pertenece
y velan nuestras entrañas
con rumor de cuervos.

Nada hay de lo que fuimos,
nada fuimos de lo que deseamos ser.

Nos urge un hambre de pertenencia
y velan los cuervos
ante nuestras entrañas y su rumor.

Tramado como sombras o muros,
lo que fuimos nos aprisiona
y ante el sueño se vuelven insolente
el mundo y nuestras manos.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Lo imposible.


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Volver no es un verbo,
es lo imposible.

El porvenir nos arrollará.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Ciegas mariposas.


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Ha parido el viejo orbe
ciegas mariposas
que volaron errantes
sobre las huellas
de las sombras que supimos ser

Las ha parido
desde la flor
que sueña al sol
toda raíz

Ay
ciegas mariposas
ciegas brasas
de la madera al mañana

Ay
ciego cantar
de sombras en vuelo errante
ciegas desavenencias
interrogantes del porvenir

Ay
ciegas mariposas
bebiendo luz de la simiente

Ay
ciegas mariposas
rumbo al sol


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli
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El primer llanto de la vida.


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…y los estruendos, como de guerra, no nos dejaron oír
el primer llanto de la vida.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Duerme el mundo.


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Un sueño errante y discreto.
Un susurro oscuro y beligerante.

Duerme el mundo
en la palma de lo muerto.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

13 sep. 2008

Dónde.

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Todos los espejos ocultan mi rostro.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Aunque eso ya no fuera.


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Él ya no habitaba su nombre.
Ella insistía en nombrarlo.
Él acudía a su llamado, iba sin ser.
Ella temía el vacío,
por eso nombraba lo que conocía
aunque eso ya no fuera.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Gracias.


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Gracias por el día.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Truenos como ojos.



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Truenos como ojos
que al cerrarse
todo lo devoran.

Tu río que calla
y te ahoga.

Tus manos que jamás
supieron cantar.

Truenos como ojos
que al abrirse
aniquilan toda voz.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Encender las sombras.


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Una estela de sal y tu carne y tus huesos
alejándose de todo aquello
de lo que no se puede escapar.

Otras banderas te darán cobijo,
otros hombres encenderán las sombras,
otras sombras treparan la noche y el hambre,
otra noche callará su voz.

Oirás el callar, verás las sombras erguirse,
la noche respirar.
Habrá hombres, banderas
estarán tu carne y tus huesos
y una novel e indeleble
estela de sal.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

19 ago. 2008

Cuando despierte la luz.



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Todo extraño, todo lejano, inconcluso, incluso yo.

Seremos ciegos cuando despierte la luz.

Quiero desnudar el cielo.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

16 ago. 2008

Perseguir el horizonte.



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Perseguir el horizonte,
desde la planta enlodada,
desde la palma cerrada
sobre la tinta
hacia el ojo blanco
de la negra noche,
ventana abierta sobre el jardín
de la muerte atribulada
por el espanto que el hombre
le ha concedido a su gracia.
Perseguir el horizonte
o arrebatarle a los días
la estéril destreza
que les da vida…
Perseguir el horizonte
o ser nada.
Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Pisar la Tierra.



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Quiero pisar la tierra,
quiero oír el canto
de la noche festejando el día
como parte de su encanto,
como parte del ensueño
que nos dota de vida.
Quiero pisar la tierra,
quiero beber su llanto,
abrirme paso por su espalda
y ahuyentar todo espanto,
desterrar de sus pupilas
a los hombres de la muerte
o ser la muerte misma...

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

12 ago. 2008

Tan pocos.


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Hoy es un hermoso día
para festejar
los besos y los naufragios.

Hoy es un hermoso beso
para festejar
el día y los naufragios.

Hoy es un hermoso naufragio
para festejar
los besos y el día.

Hoy un hermoso beso
festejó
el naufragio del día.

¡Que hermosa noche!
tan lleno su vientre,
su vientre de perpleja trinidad...
¡que tan trinidad!
¡Multiplicada por siglos!

Hoy es un hermoso día
para festejar
los besos y los naufragios...

Oh!, tantos,
todos,
tan pocos aun...


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Serás.


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¿Qué diatribas horrorosas corroerán tu carne
cuando al fin te halles ante ti mismo?

¿Qué soberbia madurará en tu rostro
cuando en tu mano se pose,
detenido, el universo?

Acaso creyeras que en un soplido
tu hálito engendrará puro
lo que has corrompido.

Pero el vaho de tus cuerdas
parirá las tinieblas sólo para ti
y la vida te será ajena...
más allá de tu cuerpo seguirá viva
y nada sabrás de ella
como nada has sabido hasta ayer
y al fin serás consubstancial testigo
de tu entierro.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Donde debes arder.


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Se abren al sol
las ventanas de tu rostro

y es tu voz
la que despierta al mundo

pero las puertas del adiós
aun siguen abiertas.

Eres la llama
en la que debes arder.

Tus pies
hambrientos de caminos
temen que quieras
volverte ceniza
en las luces que te rondan
y es la voluntad
y es el sueño
y es el tiempo
de comprender.

Eres la llama
en la que debes arder.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Sonrisa de escarnio.


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Es tu aliento demorado
del futuro
lo ciego
tu dormir solitario
el gestar como nuevo lo pasado

Prefiero esta soledad de otoño
ser este esqueleto mutilado
a tu beso de ayeres
a tu sonrisa de escarnio
a tu quietud de muerte
y engaño


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Endrina tempestad.


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Supe de mí al despertar
bajo los dientes de la noche
frente al que yo era, lanzándose
a la endrina tempestad del mar.

Supe de mí y ya jamás
pude alejarme, ni escapar,
de ese yo que me contenía.

Acaso él supiera más de lo que yo sé.

Acaso esa fuera la razón
que lo alentaba a buscar
entre las sombras.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

7 jul. 2008

Las sombras callan.




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Las sombras callan y se levantan soles
entre las verdades que se hartaron de ser certezas.

El cielo agita su cascabel de ceniza
y en la risa ausente de unos dedos que cantan
hago mía la carne y carne su recuerdo.

¡Sobran en el cielo las estrellas
si no puedo alcanzarlas y a cada intento se alejan!


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Resignificar.


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Resignificar lo cotidiano

o

abandonar la vida.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

El hambre de la miseria.


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El hambre de la miseria
nos hace acometer contra el mundo...
¡esa es toda nuestra vanidad!

Dentro del sol
habita una sombra
que sueña luz.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Bienaventurados.


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¡Bienaventurados aquellos
que todo lo abandonan
en busca de otro sueño!


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Y por cruces llorarán.


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La semilla de la lluvia ya llegará, al fin!

Se abrirá al fin el vientre, junto al mar!

Será esta la última noche, ciega, noche intempesta.

Niño que lloras tras mi ventana,
sólo una sombra serás cuando despierte el alba…

Y por cruces llorarán…

Y por cruces llorarán.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

5 jul. 2008

Ando descalzo de viento.


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La belleza del destruir

Devastarlo todo y comenzar otra vez

Ando descalzo de viento

Cuervo de hermosura insomne

Quiero ensuciarme la carne

Quiero arder sin importar dónde ni quién



Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Despertar.


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¡Violento fulgor tramó la noche en su andar!

El despertar es una guerra

Marzo de siempre
Un siempre de nunca
Un nunca desilusionado y frenético

El verbo de tu gracia
el destino de tu sueño

El despertar es una guerra

¡Violento fulgor tramó la noche en su andar!



Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Invocación para un cielo insomne.


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Invocación para un cielo insomne.

Embrutecido
Voy a beber tu selva
Baba de poeta
Sólo desaparecer
Desaparecer solo
Una sombra desterrada
Un yo que parte de mí
Sin llevarme



Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Dolor de verbo encarnado.


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Dolor de verbo encarnado…
Tristeza de saberse

Ay, voluntad!

Desterrar las sombras
para darles cobijo más allá.



Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

17 jun. 2008

Los clavos de esta cruz.








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Cuando la ciudad deje de parirme en cada esquina
y desde mis entrañas dejen de gritar los fantasmas
que trepan lo inaudito.
Cuando dejen de buscarme las esquizofrénicas
sombras que tejen el tiempo.
Cuando mis dedos solos se apaguen en los ceniceros,
cargaré con mi bolsa de huesos
buscando otro sueño que habitar; mientras tanto
seguiré escupiendo los clavos de esta cruz.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Lene corriente.


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Desligar las ligaduras
libando la lene corriente
de los días.
Tramar puentes alfabéticos
desde la esfera que habitamos
hacia la esfera que nos habita,
amasijo de entrañas
mal tramadas,
trágica tiranía
de ligaduras indesligables
libando la lene corriente
de los días.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

¿Dónde sino?


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Una suerte de abolición.
Desapego,
ya no ser mas que en la entrega…
¿Dónde sino?


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Y nadie está.


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Será la magia redundante
de los días que mueren,
estéril la gracia,
será un viento mudo
tendido en el beso
que se cierra en la oscuridad…
y nadie está.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

19 may. 2008

Si nombro a la noche.


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Si nombro a la noche,
me nombro, me llamo...
tiembla el firmamento,
ausente,
centro, vientre, entrañas
del que soy y no está,
del que me habita y se alejó
en busca del que fui.

Si nombro a la noche
me nombro, me reclamo.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

18 may. 2008

Diálogo.


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- Discúlpame hijo, he visto el esfuerzo que le suscita su pierna al caminar, ¿qué le ha sucedido?
- Nada importante y si me disculpa...
- Sabe, ¿le molesta si lo acompaño?, es que para mí es de vital importancia saber qué le ha sucedido...
-¿Qué puede tener de vital y de importante cómo conseguí esta renguera?
- Puede serlo todo o quizás nada, el futuro de las naciones, el principio del futuro del mundo puede estar dentro de tu herida, detrás del puño que la infringió...
- Ah! que bien... Discúlpeme señor, pero no estoy de humor para hablar de mi pierna y menos ahora que estoy apurado, aparte ya bastante tengo en cargar con ella...
- No te quejes hijo, ese es tu destino y debes saber llevarlo, debes ahondar en él para hallar su centro que no será más que el tuyo, de hecho cosas realmente terribles hay en el mundo, hijas todas del peor mal... ¡La traición! Yo mismo he padecido y padezco aún de ese dolor. Uno de mis hijos, el primer traidor, intentó, hace siglos ya, usurpa mis dominios...
- En eso de la traición estamos de acuerdo, pero ¿no le parece mucho eso de los siglos? está bien que usted sea viejo pero no ha de serlo tanto.
- Yo soy la historia, hijo, y al fin creo que aquel está venciendo. Sus hijos han sido más temibles aun, en ellos se conjugó el odio heredado, ignorante de raíces, la ambición y la inteligencia súbdita de una guerra que ya ha perdido su razón, su nombre y hoy confabula en enormes, terribles palacios... El castigo que les procuré ha sido, al fin, mi propio castigo... Pero dime, ¿qué le ha sucedido a tu pierna?

- Mire, realmente lo siento por usted pero sigo sin entender qué tiene que ver mi pierna en esto, aparte ya le dije que no quiero hablar de eso.
- Tal vez no lo recuerdes. No te sientas culpable por eso, la memoria es algo incierto. Yo, por ejemplo, ya he olvidado sus formas y sufro de tremendos abismos, de increíbles olvidos, todos mis destinos se han hecho uno y minúsculo pero no he sesgado... Sin embargo estoy tan seguro de que eres tú! ¿Has estado en Sinar?, ¿En Betel?
- No creo, estuve en Chacarita, en Palermo y la Boca también en Venado tuerto, en Melincué... ¿En qué provincia quedan?
- Que extraño, hijo, de seguro tu rostro... es tan parecido, ¡aunque mi memoria!... ¿No has estado ahí?
- Me parece que me está confundiendo. En otra oportunidad anduve por Ombuctas, Médanos, ingeniero White, pero de esos lugares que dice no tengo ni idea. Aparte le voy a pedir un favor: no me llame hijo, no soy su hijo...
- De hecho lo eres...
- No señor! Mire usted me está confundiendo, yo no soy ningún traidor ni nada por el estilo, bien que lo estoy respetando. Si usted tiene problemas con sus hijos vaya y háblelo con ellos, no conmigo... Yo no lo conozco y esto se termina acá. Al que sí conozco bien es a mi viejo y no es usted, así que haga el favor...
- Ah, tu padre!! ¿Dónde está él?
- Pero ¿cómo, no me dijo usted que era mi padre y ahora quiere saber donde está?... Usted está mal...
- Está bien, está bien... yo solo pido un poco de paciencia para este anciano débil de memoria... a la deriva en la eternidad. Ya las cosas no son como antes, no para mí... Ah!! La memoria. ¿Cuál es tu nombre, hijo?
- ¡No me llame hijo!... mi nombre es Santiago.
- ¡Jacob!... ¡Jacob!
- ¡¡No, No!! Santiago y no grite que la gente va a pensar que le estoy robando o cualquier cosa, siempre piensan mal de los rengos, más con su facha y gritando. Van a decir que me estoy aprovechando de un viejo greñudo.
- Ah, Jacob!... yo sabía que eras tú...
- Usted no entiende nada, viejo. Le dije Santiago.
- Sí, ya lo sé, esa es la dificultad de este mundo, nada es. Tú no eres quien yo digo y dices ser quien eres... ese es el castigo, cierto!... ese es... se ha perdido el verbo... Ah memoria, que tristes jugarretas me haces padecer. Nada es lo que se nombra, nada vive dentro del nombre, la identidad y lo nombrado ya no son lo mismo, el nombre ya no es lo nombrado.
- Usted está loco. Si yo digo algo es eso y punto, ¿qué más? Ese es un perro... y es un perro, listo. Después alguien le pone un nombre y es un perro con nombre...
- No!! Esa es una convención, es el inútil esfuerzo del hombre por organizar el mundo, darle forma y, así, entenderlo. Es la manera de intentar ser dueño y no parte. El nombre ya no signa un destino, nada es lo que se nombra... nada.
- ¿Y usted quién es?, ¿Cómo se llama?
- Yo soy quien todo lo era, y mi nombre, hijo... Ah, memoria!...
Hace tanto que nadie me nombra que ya lo he olvidado.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
Del libro “Los Gorriones Suicidantes”

Sembrar.


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Debemos sembrar los dientes del dragón.

¿Quién será hombre?

¿Quién tendrá el valor
de alzarse en toda su virtud,
de mamífero parlante,
de hinchar el vientre de la tierra
con los colmillos ensangrentados?
¿Quién hallará,
quién vencerá al tirano?

Debemos sembrar los dientes del dragón.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

He partido a olvidar.



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Si la noche ronda
en el umbral
de mis ojos cansados
he partido solo
en busca de algo humano
y no es la noche
ni el cansancio...

He partido a olvidar
que tengo nombre
y la tierra nos reclama...

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli