5 oct. 2008

Insolentes nuestras manos.


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Lo cotidiano nos consume
la pasión que nos quedaba
ya no hay fuentes de donde beber
ni sed que nos interesa saciar.

Las horas traman muros
aprisionando las sombras
que fuimos, sondando el sueño,
y ante el mundo se vuelven insolentes nuestras manos.

Nos urge un hambre que no nos pertenece
y velan nuestras entrañas
con rumor de cuervos.

Nada hay de lo que fuimos,
nada fuimos de lo que deseamos ser.

Nos urge un hambre de pertenencia
y velan los cuervos
ante nuestras entrañas y su rumor.

Tramado como sombras o muros,
lo que fuimos nos aprisiona
y ante el sueño se vuelven insolente
el mundo y nuestras manos.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

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