19 dic. 2011

"Cartas a Ulises" (Fragmentos).



















08 de noviembre





"Caro Ulises:

Hace días que soy presa de una incomprensible alegría (¿podré llamarle así? Creo que no). Es más bien un impulso irrefrenable que me hace deambular por el cuarto sin sentido. Salir al corredor, rodearlo, descender por las escaleras, encender las hornallas de la cocina, preparar el mate y volver al cuarto para atrincherarme. Todo parece ser final y, al concluirlo, cotidiana desilusión. El impulso se repite y siento la urgencia de enredarme en otro asunto –trivial y culminatorio– que al cesar me abandona a ese movimiento irrefrenable. Es como esperar ansiosamente algo que se desconoce y no llega.
Ahora mismo, sentado a esta mesa, los pliegues de la cortina que se ondea me distraen. Los aprisiono contra la pared y unos libros. Alineo la columna de papel y necesito hacerlo por tamaño, desde el más ancho y largo debajo, al más pequeño encima. Me molestan los lápices dispersos, montados entre sí, como un bosque arrasado por el caos. Los agrupo y los coloco en un vaso sucio. Enciendo un cigarro. Observo el humo indeciso que entra y sale a través de la ventana, como si también el cuarto fumara. Cae ceniza sobre las hojas del cuaderno y las empujo con un soplido gris.; ahora sobre la mesa, la arrastro con los dedos. Baja lenta, casi suspendida en el aire. Al llegar al suelo, dejo sobre ella la suela de mi zapato. Todo nimio, insignificante y, sin embargo, me entrego inevitablemente a ese desenfreno idiota; lo hago resuelto y entusiasmado.
Entre palabra y palabra, en el espacio que las separa –porque somos nosotros quienes las unimos– se halla un silencio prolongado, raudal de signos, ideas y formas que transitan el viejo lienzo de mi pensar. Se atropellan todos. Recuerdos, imágenes, palabras –frases enteras, conclusiones imprecisas– todo inmerso en una promiscua espuma de rompiente, desde donde emergen fatigosamente estas pocas cosas que te escribo sin saber muy bien por qué, aún. Sin saber qué es aquello que se niega en la espera y me detiene como un niño ante las minúsculas cosas que me rodean y conforman."




H. Brodovsky.

14 dic. 2011

Ay, modernidad!













Para aquellos que lo deseen.
Hoy a las 20:45 (hora española) abrimos la trasmisión via streaming de la presentación de “Cartas a Ulises”.
Dejo aquí el enlace.








Un gran abrazo a todos y gracias por compartir estos días… y tantos otros.

28 nov. 2011

Celebración de “Cartas a Ulises”.





















“Es una obra de gran riqueza lingüística. Original en su historia y en su estructura.
Las páginas son recorridas por un halo de misterio, con fragmentos de gran crudeza poética, retratada de manera muy sutil, logrando un texto casi sensorial.”

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El día 14 de diciembre, a las 21hs. en el Café Moderno de la ciudad de Logroño (La Rioja. España) se llevará a cabo la primera celebración del libro “Cartas a Ulises”. Para aquellos impacientes, curiosos y refutadores de siempre, existe un ejemplar al que pueden echar un vistazo en El Beso Café, sito en la plaza del mercado –de la misma ciudad- donde, si lo desean, podrán adquirirlo. El precio del ejemplar es de 17€. Esta celebración será austera e informal; habrá vino y alguna argucia culinaria para acompañarlo, así como para caldear las conversaciones de los tertulianos; de todo nosotros.

Están todos invitados a invitar.
Están todos invitados a celebrar.

10 nov. 2011

Cartas a Ulises. Nuevo libro.

















Publicación prevista para diciembre.
Texto de contraportada.







Una extraña aunque certera forma es la que posee Helmut de convertirse en “la sublevación del olvido” y de hacernos testigos de su vida, de convertirnos a nosotros mismos en ese Ulises destinatario de sus cartas. A éste le contará descarnadamente –desde su cuarto de pensión- la cruda belleza de la vida en los campo, la profunda amistad crecida en esas tierras con Ángel Varela; luego, la vejez en la ciudad, su dudoso progreso y, con particular resistencia, la incipiente relación –hacia el final de sus días- con aquella joven que conociera “por extraña virtud del destino”, una noche de lluvia, en una esquina cualquiera.

No siempre la realidad es literaria pero Helmut logra convertir cada una de sus cartas en una pieza importante de un rompecabezas (puzzle) emocional en el que lenta y caóticamente el paisaje que emerge es un espejo en el que nos reconoceremos por entero, con crudeza, sin importar edades, sexos, encierros o patrias.

“Aunque permanezcas fiel a tu indiferencia insoslayable, me permito estas líneas, más cercanas a la saciedad de un urgente capricho que en busca de tu consuelo o aprobación.
Me complacería saber que irrumpo en tu vida, que penetro en ella como una tibia tem­pestad para agitar, que no destrozar, los herra­jes que clausuran tus ventanas (...) porque al saberme así me comprendería semejante a la vida.”

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Diseño de cubierta: Diego Solloa.

13 abr. 2011

La boca de la noche.














Estás tumbado, cubierto por las mantas gruesas y el calor que traga toda luz. Digo “tumbado” y desconfío del género: dentro de ese oscuro vientre tu sexo desaparece o se confunde y sos un aliento que arde contra la almohada, un cadáver que se resiste a la muerte y se repliega hacia el ombligo, se concentra hacia él y siente en la esfericidad del movimiento un placer frágil. Abrís los ojos y mirás la oscuridad, presentís la cercanía de las rodillas pero no las ves y cerrás los ojos y te quedás detrás, te preferís inmóvil y detrás. Sí, detrás. Entonces algo te nace, blanco, frío como de hierro, desde la frente; cruza entre tus cabellos en busca de la nuca y se lanza sobre la espina dorsal.


En el capricho de eso que te recorre anida un nombre, luego el rostro y los pies que abandonan la cama, que aciertan un golpe brusco sobre el piso, que trepan escalones, cruzan puertas, eluden cuerpos con prisas, saltan, se agitan y se detienen fatigados en el centro del pasillo. Junto a ellos se desploma indiferente una maleta y el paisaje tiembla, tiembla y rueda, cae y desaparece como las gotas de sudor que fueron tempestad en la entrega de los cuerpos.


No sabés cómo pero ahí está; ahí está esa mano, la misma que cerró la puerta de tu cuarto, ahora alzando el billete, acercándoselo a esos ojos que se alejan y sin embargo aún insisten en quedarse a tu lado. Insisten o los retenés, como a los dedos que se cierran sobre la empuñadura, que tiran de ella y alzan por sobre la cabeza la vieja maleta –porque ya encontró su asiento y suspira tras el esfuerza y se sienta junto a la ventana y se mira en el reflejo como inseguro de ser él mismo, de llevar su rostro como una máscara. Sí, es él, ahora todos lo sabemos, pero aún debo tratarte como a un objeto, una cosa indefinida porque nos negás el rostro y sos eso que inflama las mantas, que las mece levemente.


El puño se alza en el reflejo -te distrae del silencio que mordés en la almohada- y se enreda en sus cabellos con un gesto de vanidad insatisfecha, tal vez presintiendo todo aquello que palpará: otras geografías, otros cuerpos, otros libros que jamás serán tuyos. Sentís los sutiles espasmos del vagón y pensás en las distancias que unen, en las bifurcaciones que unifican y la noche es una boca abierta que extiende su lengua de rieles.


Te sentís ausente, porque cuando alguien parte uno también se va un poco; nos lleva sin estar.


Ausente –pensás- y te replegás sobre el tiempo hasta aquella tarde que casi ya no era. Lo ves andar entre las gentes, acercándose. En las paredes hay cuadros, enormes y de vivos colores, con grandes silencios visuales por los que él avanza como una obstinada pieza de ajedrez. Sonríe, se detiene y habla con los tertulianos que a su vez le muestran los dientes con un gesto maquinal y debido. Alzan las copas, brindan y beben mientras dejás que se deslicen tus gafas hasta la punta de la nariz para enmarcarlo con los finos hierros que sostienen los gruesos vidrios. Y al fin llega y te da alcance. Dirige la mirada hacia alguien que los presenta y extiende su mano, aprieta la tuya sin dejar de acercarse –o al menos eso te parece- habla, aunque no hay voces ni detalles que te delaten. Pero eso no nos sorprende, la memoria es un juego de sutiles reglas y uno siempre recuerda en primera persona. Aparte ¡Hace tantas tardes desde aquel encuentro! Y sucedieron así, con la misma simpleza con la que se ensanchan los causes de los ríos o se tornan caminos, o se dibujan hermosas figuras o monstruos en las nubes. Porque seguís detrás, porque ya no le ves el rostro sino el reflejo y te das cuenta que aunque no te nos muestres te sabemos. Sabemos que te duele la ausencia, los días como engranajes de algo inevitable y la futilidad de lo cotidiano. El no haber detenido el gesto, no haber aprendido a escuchar y entregarte al reclamo de la simple entrega, así como trepa el aliento de las lilas a la fatiga de tu desvelo.


Pero de nada vale ahora ese dolor de vidrios rotos en el pecho y descubrir la excusa del perdón como evidencia de algo irreparable que no debió haber ocurrido, reduciendo la vida a ese ínfimo destello de lucidez.


Se cierran los ojos –siempre sobre el reflejo- la levedad del desapego le trama una sonrisa y se aleja mecido por el serpenteante cosquilleo del ir y al fin ser y el tren persiste montado sobre la lengua de la noche, como si buscara el olvido. Pero el sol abre su bostezo al despertar, se detiene la cabalgadura del insomnio a los pies de tu cama y la luz te dibuja el rostro, dormido y ceniciento. Ahora te vemos, pero ya no importa, porque todos somos iguales en el sueño y descansás de distancias en la espuma de pájaros que agita los olivos.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli