21 ago. 2006

Los gorriones suicidantes.



No recuerdo cómo ni quién me dio la noticia. Simplemente, en lugar de aquellos sucesos, se halla un vacío oscuro y tenso, un devenir silencioso que desemboca su corriente junto a la cama donde yacía mi abuela.
Ella estaba inmóvil. Los ojos cerrados le imprimían a su rostro desvaído un gesto de dolor, el cual parecía tolerar con gran esfuerzo. Su cuerpo pequeño y huesudo, apoyado de sobre su costado, en posición fetal, levemente hacía respirar las glaucas sábanas.
La noche se prolongó tortuosamente. Yo intentaba no sucumbir ante la desesperación aunque era una tarea ardua. Intentaba no rendirme a esa sensación, a ese empequeñecimiento del mundo, que deviene cuando alguien amado cae gravemente enfermo. Como un rasgo de su vitalidad cotidiana, de tanto en tanto, abría los ojos y con voz diminuta, débil, insistía en que la dejara sola, que fuera a descansar... Ninguno de los dos concilió el sueño.
A la mañana siguiente, muy temprano, comenzó a llegar el resto de la familia. Hermanas, hijos, nietos, yernos, todos perturbados por la noticia y más aún por no saber qué sucedía. Cuando los ánimos comenzaron a hacer evidente su agitación por la falta de atención, fruto tal vez de las quejas que paulatinamente se hacían con mayor frecuencia y alboroto, acudió un médico. Luego de revisarla expeditivamente y hacerle algunas preguntas menores, le recomendó unas pastillas para el dolor de cabeza y que descansara en su casa. Creo que todos padecimos el mismo sentimiento de ira, pero nos contuvimos, al menos hasta que salió de la habitación.
Ya en el pasillo aquel doctor estuvo a punto de recibir una paliza multitudinaria... pero estaba dispuesto a no escuchar ninguna otra opinión, ni siquiera la explicación de las personas que conocían y convivían con aquella mujer.
Mi abuela siempre fue dueña de una vitalidad extraordinaria y si bien se quejaba constantemente de los problemas cotidianos (hasta haber convertido aquellas quejas en un signo vital y sumamente gracioso, por sus derivaciones filosóficas, de su personalidad) no se dejaba vencer fácilmente por cualquier dolencia y se oponía con férrea voluntad a caer en cama.
Sin demora, de nuestra parte, y al ver que no recibiría otro tipo de atención, la trasladamos a otra clínica... Obviamente el proceso burocrático (obras sociales, recibos, firmas, documentos, autorizaciones, dinero, etc.) no hacía más que retrasar cualquier movimiento. De tal modo están dispuestas estas legalidades que, en el momento menos oportuno tanto para el enfermo como para los compungidos familiares, uno debe pasar de una oficina a otra, secretaria por secretaria, firmando y declarando incesantemente lo mismo una y otra vez hasta la locura, sintiendo que cada segundo que transcurre es vital... aunque siempre lo son.
Hartos y nerviosos, concluidos los trámites a medias, llegamos a la otra clínica. En cuanto lo hicimos el doctor Mendiondo se presentó y junto a una enfermera se dispuso a examinar a la paciente. Detenidamente sintió y escuchó cada sonido de su cuerpo, así como las respuestas que daba a cada una de las preguntas que le hizo. Eso fue suficiente. Inmediatamente ordenó una serie de estudios e intervenciones, tomó ciertos recaudos y nos llevó fuera de la habitación.
La palabra “milagro” nos dio con certeza la gravedad del problema. A los setenta y tres años, Paulina Gómez, había sufrido la ruptura de un aneurisma cerebral y se la debía intervenir quirúrgicamente de urgencia.

Tras varios días de minuciosos estudios y rigurosos cuidados fue llevada al quirófano. La operación era altamente riesgosa y no se podía asegurar el éxito de aquella intervención. Todos nos quedamos solos, esperando impacientemente durante largas horas.
En momentos como ese la naturaleza de las personalidades, y los sentimientos, queda absolutamente expuesta, es decir, no durante esa espera sino desde que los hechos se precipitan sobre uno. Somos testigos y estamos a merced de voluntades ajenas. Uno ignora y anhela... mas no actúa. El tiempo agita todos los pensamientos como una avalancha incesante... y lo que es peor, la silueta de la muerte, que siempre nos ronda y nunca escuchamos, se delinea con nitidez, estremeciéndonos y evidenciando que somos los únicos animales que jamás se acostumbrarán a ella. Imagino, en ocasiones y no sin experimentar cierta contradicción, que somos sus predilectos. Nadie como el hombre ha sembrado tanta peste. Nadie como él, bípedo arrogante y envanecido de superioridad, es tan incapaz de convivir, de ser consubstancial materia del universo sin corromperlo... y fundamentalmente, nadie como él ha justificado tan extensamente y con tanta omnipotencia sus perversas atrocidades. Nadie, jamás, ha utilizado tantos ni tan eclécticos métodos de muerte como signo vital y primordial de su elevación por sobre el resto del mundo animal... ¿Quién daría entonces, a la muerte, tanta agitación, tanto esplendor e incontables variaciones a su rutinaria labor? ¿O acaso hasta ella misma se horroriza de nosotros?
Durante aquellas horas los ánimos fluctuaban de la trivialidad a la pesadumbre, de la tranquilidad a la impaciencia y el nerviosismo, sin contar a los impertérritos y morbosos ánimos de aquellos que, una vez enterados de lo sucedido, acuden con la única intención de alimentar sus espíritus y sus vidas vacías con los pesares ajenos. Esos que, movidos más por la exposición y el comentario de panadería, se acercan a buscar novedades e internas de los hechos para correr a dispersarlos por el barrio, sin que se agite en ellos, gracias a su patetismo y vacuidad, el más mínimo respeto.

Concluida la operación y los cuidados intensivos, le asignaron una habitación individual del segundo piso. Desde allí se podía observar la tupida fronda de la plaza que, atravesando la avenida, se abría paso hacia un cielo despejado y caluroso de un noviembre espléndido.
Ella dormía profundamente y reinaba cierta tranquilidad en el ambiente, aunque ya se había despertado y sus primeras palabras fueron imperativas. Sí, con voz débil todavía me exigió que le alcanzara sus dientes. Tal orden me relajó y me hizo reír. Luego de que le abrieran el cráneo, le reconstruyeran una vena de su cerebro, no sin antes abrirle cierta arteria sobre el cuello para llegar, con un pequeño conducto hasta no sé donde. Luego de haber drenado desde su propia masa encefálica torrentes de sangre... ella se procuraba la dentadura... Era una pequeña evidencia. De alguna manera se sentía aliviada.

La abuela ya estaba mejor y parecía no haber sufrido ningún daño. Las breves discusiones y las reprimendas fueron incesantes. Por orden expresa de su médico ella no debía hablar ni moverse demasiado pero su verbosidad era incontenible. Parecía haber regresado de aquel quirófano con una aceleración, con un deseo de hablar que no se podía explicar. Pero todo intento de disuadirla fue inútil. Nada hacía callar a la abuela, salvo, y como para mantener las apariencias, cuando una enfermera o Mendiondo acudían a controlar su estado.
Una de aquellas noches, mientras ella renegaba por la comida sosa que le traían de cena, fue que observé, en el poste de luz de la calle, frente a la ventana, un pequeño bulto que colgaba desde un cable, justo antes del farol. Aquel extraño apéndice de la luminaria ni era más que un gorrión. El cable parecía enroscarse en el breve cuello del pájaro y su diminuto cuerpo, rígido e hinchado, se mecía levemente. La abuela protestaba y comía. Imaginé que era una más de las tantas trampas con que el progreso acecha a los animales, así como las redes, las turbinas o los desechos tóxicos. Pero aquella escena parecía demasiado caprichosa, particular.
Me invadió una tristeza agobiante, una desolación inconmensurable y tal vez, por estas emociones, no opuse resistencia ante la idea que avanzaba en mí con paso de funeral... El pájaro aquel se había suicidado.
En medio de tan singular duelo comenzaron a llegar algunos familiares y a media que lo hacían, yo les señalaba aquel hallazgo. Nadie lo tomó en serio, ni al pobre suicida ni a mí. El hecho movió a risa a todos ellos e, inevitablemente, a ciertos comentarios, algunos acerca de mi cordura, otros de mi imaginación. Pero yo no dudaba de ninguna de ellas. No creía necesario demasiado ni de una ni de otra para ver algo que llanamente estaba ante nosotros, casi al alcance de la mano, como una muda señal de advertencia. La abuela renovaba sus quejas con los recién llegados y me sonreía cariñosamente.
Aquella noche, y por primera vez desde que todo había comenzado, ella quedó sola en la clínica. Esto dio lugar a una reunión para discutir lo que se estaba musitando por los pasillos... La abuela ya no podía trabajar, no debía hacer esfuerzos ni agitarse, por ende no podía ya vivir sola. Toda la familia dispuso qué hacer y qué no, como si a ella le hubieran extirpado en aquella operación la voluntad y sus facultades. Con extrañas formas amorosas todos disponían sobre su vida de una u otra manera sin detenerse a pensar en su opinión o sus deseos, transformada por las circunstancias en un objeto, un lastre o una pertenencia.
Al día siguiente, sin haberme despojado de aquella imagen en toda la noche y tras haberme formulado incansables preguntas, me senté en la vereda de la clínica antes de entrar.
Aquel gorrión se mecía brevemente en lo alto y el sol de la mañana confundía su sombra con las de las hojas de los árboles sobre la avenida. Nadie reparaba en él. Los transeúntes iban y venían acaloradamente, todos con la vista al frente o hacia el piso. Descendían o ascendían a los taxis sin detenerse un segundo. Caminaban todos entre árboles, hombres y mujeres como si lo hicieran por un estrecho corredor, amurallado con frías e inexpresivas paredes. Los conductores, veloces, violentos, como quien escapa de algo, repetían su rígido y estruendoso ballet.
Una vez en la habitación acomodé mi silla cerca de la ventana. La abuela estaba mucho mejor y el turbante que coronaba su cabeza se había transformado en una gruesa bincha dándole un aspecto grave y combativo.
Pronto me di cuenta que los pájaros que rondaban por allí no se detenían sobre aquella luminaria. Se posaban por doquier mansamente, incluso sobre la ventana, pero nunca sobre aquel farol. La soledad y la quietud que circundaban al gorrión ahorcado, en medio de aquella agitación, le imprimía a la pequeña escena cierto dramatismo.
La abuela a lo largo de aquel día fue sometida a distintos exámenes y trasladada para ello a otras instalaciones. No recuerdo quién la acompañó. Yo, por mi parte, deseaba caminar.
La plaza no era precisamente la mejor diseñada pero sí, tal vez, la más poblada de árboles. El aire fresco corría por entre las voluminosas copas con suavidad. Era una especie de discreto oasis en medio de aquel desierto, de aquellas soledades multitudinarias.
Me senté en uno de los bancos más cercanos al centro de aquellas cuatro hectáreas y comencé a escudriñar, aguzando la vista, las ramas que me separaban del cielo. Era difícil distinguir qué era lo que veía pero me pareció descubrir, en algunas de ellas, pequeños cuerpos que se mecían. Caminé a lo largo de aquella plaza una y otra vez observando el verde firmamento, intentando ver con claridad. ¿Por qué un animal, sobre todo un pájaro, tan comúnmente envidiado por su arte de volar, tenía aquel rasgo humano? ¿Cómo lo hacían?
Estuve a punto de treparme a uno de los árboles tras haber descubierto lo que parecía con seguridad, otro gorrión suicida. Pero desistí. Sentí que intervendría en un acto de la naturaleza del cual no era digno. Temí corromper cierto orden o más bien temí hallar una incriminación abierta a la raza que indefectiblemente encarno...
Una adusta pena me embargó y sufrí ese síndrome de enfermo... ese empequeñecimiento del mundo que no nos permite ver más allá de los hechos que nos atañen individualmente... y tal vez por ello sentí una gran soledad... No lo sé.
Me marché de la plaza caminando distraídamente. Mis pensamientos no se despojaban de aquel evento, de aquella sensación tan difícil de explicar... Sentía que todo lo visto encerraba una clara idea, mas no podía comprender ciertamente cuál.
Mientras deambulaba sin rumbo, extraviado en mis ideas, hallé una vieja casa. Ostentaba un oxidado cartel: “Villa Roca”. Dispuesta como era costumbre antaño, una extensa galería comunicaba todas las habitaciones y la separaba de un inmenso jardín. Su aspecto era lúgubre a pesar de estar florida y cargada de sol. Pero el progreso había actuado como de costumbre. La antigua casa había sido cercada por altos edificios y por una gran construcción que pretendía ser en un futuro, un colegio. Agobiado el espacio de aquella casa, no hacía más que evidenciar silenciosamente el vértigo sin sentido ni planificación del hacinamiento de esta ciudad antiestética.
Me detuve a observar su arquitectura. Seguramente era una de las primeras casa de esta zona. Súbitamente tuve la sensación de ser observado. La casa parecía deshabitada y sin embargo algo desde ella parecía observarme fijamente. Me quedé inmóvil. Lentamente y de a pequeños grupos, comenzaron a poblar el gran jardín de la villa, innumerables gatos. Hermosos y gordos, todos parecían aceptar mi presencia con recelo, manteniendo la distancia. Mis intentos de acercarlos fueron inútiles. Me observaban con aire soberbio y volteaban haciéndome sentir que ellos eran los que decidían. La belleza de aquellos animales era deslumbrante así como increíble la cantidad. Ellos parecían dominar aquel territorio. Todos los tamaños, todos los diseños imaginables parecían reunirse en aquel parque.
Permanecí allí varios minutos casi inmóvil, observando tan lánguido desfile, hasta que una violenta escena se desató detrás de las rejas. El vértigo que le imprimieron a sus movimientos aquellos animales no me permitió comprender totalmente lo que sucedía, pero pronto se repitió. La imagen abrumó mis ideas. Los gorriones detenían su vuelo en las ramas más bajas y observaban detenidamente aquel ejército de gatos. Luego, con una increíble actitud de entrega, descendían planeando suavemente hasta el césped. Se posaban sobre él, enfrentando al grupo de gatos que parecían haber elegido, y estos se abalanzaban sobre ellos como fieras sangrientas hasta destrozarlos. Se dejaban atrapar... Se entregaban!
La misma escena se repetía en distintos rincones del jardín. Los gordos felinos transitaban de una lánguida y apacible actitud, a la más feroz y encarnizada de las luchas... y los gorriones se rendían silenciosamente.
Estupefacto, me marché, casi corriendo. Me detuve en la esquina para orientarme. La gente caminaba delante de aquellas rejas sin observar nada de aquel extraño circo romano. Es imposible explicar mis emociones, en ciertos casos, las palabras son demasiado pobres o uno demasiado torpe para hacerlo.
Mientras me dirigía nuevamente hacia la clínica creí ver algunos gorriones colgando de árboles y faroles. No podía creer ni entender aquellos sucesos tan evidentes y al mismo tiempo tan arcanos.
Al llegar a la habitación todos esperaban fuera, con aire nervioso. La abuela, en los traslados, había sufrido una recaída.
Aquella sedición me resultó extraña, ajena y distante. La abuela no tardó mucho en ser regresada a su cama. Dormía profundamente. Observé por la ventana. Ni gorrión ni cable pendían ya del farol. Quise hacer averiguaciones pero, ¿a quién preguntar, cómo explicarlo? Era inútil.
Hubo instantes en que creí verlo. Diminuto, solitario... singular y muda advertencia meciéndose en lo alto, más allá de la enajenación y la nada...

Todo aquello sucedió a lo largo de un mes, vertiginoso y extraño por cierto. A partir de entonces la familia comenzó a disgregarse. Las íntimas intenciones, las inconfesables, de cada uno parecían ser, al menos para mí, harto evidentes. El juicio que cada uno abría sobre el otro y jamás confesaba. La hipocresía y los temores, el egoísmo... las manipulaciones que ejercían resultaban groseramente obvias. Todos, a partir de entonces, nos dividimos, nos distanciamos.
La abuela sobrevivió sin secuelas y aún conserva su forma graciosa de renegar del universo... El resto se transformó en un tumulto de soledades que ostentan sin fundamento sano y amoroso, un lazo sanguíneo, un apellido en común... Yo por mi parte, jamás volveré a ser el mismo... así como nunca dejaré de pensar en lo que nos intentan decir, en lo que existe detrás de los gorriones suicidantes.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
del Libro "Los gorriones suicidantes"
próximo a editarse en España.

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