18 ago. 2006

I

Surca el silencio el silencio,
viaja y descubre la pasión dormida,
las plantas enlodadas,
todas abiertas las heridas.

Se abandona al sueño
y su madriguera dormida
se alza en llamas
tras sus negras pupilas.

Se arroja, estremecidas sus fibras,
en busca de las entrañas
de lo que será, en un futuro,
su condena...

Pues el aire quiere rocas
que canten su voz eterna,
y las rocas quieren mares
que alcen gritos en su dureza.

Así el mundo se mueve,
en la penumbra hambrienta,
con sus retinas agotadas
de cenicienta noche...

y en busca del rojo pulso
ella se lanza, creyéndose ciega,
en busca de la carne magra
que colme de tino sus dormidas palmas...

Oh, inocente nada!!
ya todo lo eres al lanzarte tras lo que amas.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

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