11 jun. 2007

Monólogo.

Hemos perdido lo último que nos quedaba; y no hablo, como se podría creer, del regalo de los dioses. No, aún tengo mis reservas y no alcanza mi estrecha mente a pergeñar un camino que encuentre su destino claramente con respecto a él; mas sí adivino, sí tengo la certeza de que no ha sido tal obsequio venturoso.
Hemos perdido, y no por descuido, nuestro último hálito, hemos ofrecido nuestra última, y como tal la más patética, reverencia a la feroz jauría que desde siempre parió consigo sombras. A ésta entregamos nuestro sudor, nuestro rojo sudor de jóvenes siglos apenas, sin advertir en ese gesto que los muertos, rabiosas flores llevaban a nuestro entierro.
Otros hubiesen sido nuestros yerros ¡mas tan puros, tan honrosos! Otro hubiese sido nuestro destino y bien digo otro, ni más beato ni más funesto, de facto el que padecemos es el justo. Si hubiésemos bebido de los medicinales sonetos tan solo su brisa y no en cambio, como hicimos, asesinar sus versos en abismales olvidos o en oxidadas lenguas de loro; si hubiésemos cuidado, si hubiésemos escuchado aquella pequeña voz de insondables caminos, aquella en la cual la palabra patria era limpia. Ay! si hubiésemos hundido más el puñal en nuestro costado, qué tan distinto sería nuestro sino. Pero aquí nunca ha sido importante ser justos.
Recuerdo, más aun debo decir, vivo soñando a los desterrados de un pasado amor, también aquella rabia, que el ojo agudo supo ver, como tantas otras aguas, del juguete al que hoy se obliga, junto al hombre que alzó el gesto de su espíritu hacia la perfección, junto a la voz de la niebla, junto al vuelo del espantapájaros, a ese silencio conveniente para la garra hambrienta y feroz.
¿Han sido estos, y más de seguro, castigados como Casandra? ¿Hemos de ser tan necios que aun sabiendo ese castigo echamos al moderno gruñido nuestros sentidos? Hay quienes han hablado de nuestros días con descarnada certeza, sorteando lustros, décadas, siglos... padeciendo injurias, claustros, destierros, la muerte y, a pesar de ellos, lo han hecho. Ellos han sabido no traicionar su destino y yo me pregunto:
¿Acaso sabremos salvar su sangre en nuestra sangre?
Lo he dicho y lo repito, hemos perdido lo último que nos quedaba. Hemos perdido nuestro breve pasado, hemos perdido a nuestros buenos muertos, e incluso a los otros. Hemos perdido, y con ella al fin todo, la tierra que dio cobijo a nuestra carne umbrosa y temo que una vida sin pasado, por más enhiesta que se halle, jamás poseerá futuro... sólo podrá padecerlo.
--Bravo, bravo, bravisimo!!
--Excessif, repaussant...
--Pourquoi?
--Che, ¿qué dijo?
--¿Qué dijo quien?
--Widersinning, widersinning!!
--Sí, absurdo y más por...
--Siempre me gustó el aroma del jazmín.
--Treacherously offensive!!
--Esto es un bardo, loco!!
--Sí, puede ser, pero tiene cierta cadencia pretenciosa que afecta el ritmo de tal forma...
--¡Callaos multitud, que una mollera no es lugar sitio para tanto bullicio!



Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
Del libro “Los Gorriones Suicidantes”

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