13 abr. 2011

La boca de la noche.














Estás tumbado, cubierto por las mantas gruesas y el calor que traga toda luz. Digo “tumbado” y desconfío del género: dentro de ese oscuro vientre tu sexo desaparece o se confunde y sos un aliento que arde contra la almohada, un cadáver que se resiste a la muerte y se repliega hacia el ombligo, se concentra hacia él y siente en la esfericidad del movimiento un placer frágil. Abrís los ojos y mirás la oscuridad, presentís la cercanía de las rodillas pero no las ves y cerrás los ojos y te quedás detrás, te preferís inmóvil y detrás. Sí, detrás. Entonces algo te nace, blanco, frío como de hierro, desde la frente; cruza entre tus cabellos en busca de la nuca y se lanza sobre la espina dorsal.


En el capricho de eso que te recorre anida un nombre, luego el rostro y los pies que abandonan la cama, que aciertan un golpe brusco sobre el piso, que trepan escalones, cruzan puertas, eluden cuerpos con prisas, saltan, se agitan y se detienen fatigados en el centro del pasillo. Junto a ellos se desploma indiferente una maleta y el paisaje tiembla, tiembla y rueda, cae y desaparece como las gotas de sudor que fueron tempestad en la entrega de los cuerpos.


No sabés cómo pero ahí está; ahí está esa mano, la misma que cerró la puerta de tu cuarto, ahora alzando el billete, acercándoselo a esos ojos que se alejan y sin embargo aún insisten en quedarse a tu lado. Insisten o los retenés, como a los dedos que se cierran sobre la empuñadura, que tiran de ella y alzan por sobre la cabeza la vieja maleta –porque ya encontró su asiento y suspira tras el esfuerza y se sienta junto a la ventana y se mira en el reflejo como inseguro de ser él mismo, de llevar su rostro como una máscara. Sí, es él, ahora todos lo sabemos, pero aún debo tratarte como a un objeto, una cosa indefinida porque nos negás el rostro y sos eso que inflama las mantas, que las mece levemente.


El puño se alza en el reflejo -te distrae del silencio que mordés en la almohada- y se enreda en sus cabellos con un gesto de vanidad insatisfecha, tal vez presintiendo todo aquello que palpará: otras geografías, otros cuerpos, otros libros que jamás serán tuyos. Sentís los sutiles espasmos del vagón y pensás en las distancias que unen, en las bifurcaciones que unifican y la noche es una boca abierta que extiende su lengua de rieles.


Te sentís ausente, porque cuando alguien parte uno también se va un poco; nos lleva sin estar.


Ausente –pensás- y te replegás sobre el tiempo hasta aquella tarde que casi ya no era. Lo ves andar entre las gentes, acercándose. En las paredes hay cuadros, enormes y de vivos colores, con grandes silencios visuales por los que él avanza como una obstinada pieza de ajedrez. Sonríe, se detiene y habla con los tertulianos que a su vez le muestran los dientes con un gesto maquinal y debido. Alzan las copas, brindan y beben mientras dejás que se deslicen tus gafas hasta la punta de la nariz para enmarcarlo con los finos hierros que sostienen los gruesos vidrios. Y al fin llega y te da alcance. Dirige la mirada hacia alguien que los presenta y extiende su mano, aprieta la tuya sin dejar de acercarse –o al menos eso te parece- habla, aunque no hay voces ni detalles que te delaten. Pero eso no nos sorprende, la memoria es un juego de sutiles reglas y uno siempre recuerda en primera persona. Aparte ¡Hace tantas tardes desde aquel encuentro! Y sucedieron así, con la misma simpleza con la que se ensanchan los causes de los ríos o se tornan caminos, o se dibujan hermosas figuras o monstruos en las nubes. Porque seguís detrás, porque ya no le ves el rostro sino el reflejo y te das cuenta que aunque no te nos muestres te sabemos. Sabemos que te duele la ausencia, los días como engranajes de algo inevitable y la futilidad de lo cotidiano. El no haber detenido el gesto, no haber aprendido a escuchar y entregarte al reclamo de la simple entrega, así como trepa el aliento de las lilas a la fatiga de tu desvelo.


Pero de nada vale ahora ese dolor de vidrios rotos en el pecho y descubrir la excusa del perdón como evidencia de algo irreparable que no debió haber ocurrido, reduciendo la vida a ese ínfimo destello de lucidez.


Se cierran los ojos –siempre sobre el reflejo- la levedad del desapego le trama una sonrisa y se aleja mecido por el serpenteante cosquilleo del ir y al fin ser y el tren persiste montado sobre la lengua de la noche, como si buscara el olvido. Pero el sol abre su bostezo al despertar, se detiene la cabalgadura del insomnio a los pies de tu cama y la luz te dibuja el rostro, dormido y ceniciento. Ahora te vemos, pero ya no importa, porque todos somos iguales en el sueño y descansás de distancias en la espuma de pájaros que agita los olivos.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli