2 jun 2009

Soy todos los ustedes.


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Yo soy tus manos,
sin que sepas bien quién es “tus”
porque soy todos los ustedes.

Yo soy las arrugas que te surcan el rostro como ríos
Los besos que deseas dar aún,
el aire que respira tu cuerpo en mi aire o viceversa.

¿Qué más da la tragedia o el héroe?

El mundo no funciona más que por el malentendido…

y la sangre derramada
es la que nos hace andar…

Acaso un abrazo detenga la eternidad…

¿Cuánto hambre somos capaces de soportar?

Soy la poesía impura que creció en la historia de tu vientre y besar.
La grieta que se abre en tus manos, sin voz, y así cuenta tu historia.

Soy ese retrato de mueca chueca que te precede,
como la sombra de tu ser que es mi pulso y me nombra y es mi pueblo y mi patria.

Soy en la colina de tu nariz, en el jardín de tus ojos,
y en los ojos que observan esa mesa que le creció al ciruelo
y todo el verde que respiran sus pies
y los pies del que ya no está y es.

Soy ese gesto que esconde lo que late y da vida.

Soy los nombres que se nombran para no olvidar, mi raíz y lo que amo
lo único que da vida y es incorruptible…

Así crezco, huérfano en el dolor de tener que abrigar el pulso de la distancia
y no ceder a los violadores del sueño…

Porque el sueño vive y late en lo que soy,
en las calles que camino, en la sangre que añoro y amo
como simiente de mi destino.

Doy mi fuego por ellos y así crezco.

Un día, no muy lejano, volveré a ofrecerles mi primavera
en el invierno de aquella grieta que se abre y se reclama como patria…

Todo es dentro

La patria es lo que uno ama.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

La cabalgadura del insomnio


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En el vientre de la noche
una espuma de pájaros agita los olivos
y busco tu nombre –como siempre-
para cobijarme en él...

Porque tu nombre es la patria que habito
de una manera deshonrosa
y es una corono de flores salvajes
que protege mi sueño.

El aliento cálido de la noche
abre el vientre del beso
y lo escondo en mi ombligo
para que entres en mí
a buscar ese que soy y te lleva consigo...

La luz de la ciudad canta distancias.

Las calles son la cabalgadura del insomnio.

Y tu nombre nace de la luz
que sueña mi despertar
aferrado al sueño que aún no has soñado...

Y nos desconocemos en el tiempo que nos ha colgado arrugas de noche en los ojos.
Y nos sorprendemos en un gesto de espejo, ciego, absurdo, obstinado...
pero necesito llegar vos... o traerte... o irme... pero estar.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

21 may 2009

Por entre encinas


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Porque se abrió tu nombre
como una lluvia
y a mis palabras
le crecieron flores mudas
que temblaron sonrojadas
ante la gracia nocturna
de tu belleza.

Porque no supe, quizás no sepa nunca,
cómo tramar puentes,
cómo abrirle ventanas a la tierra...

Y por entre encinas
viento y silencio
me marché sin nombrarte...

Y porque los días no cesan
de cantarle a tu gracia...

Por eso regreso,
para decir que tu nombre
esconde la saciedad de la belleza,
que callan ante tu fina curva
las flores y tiemblan.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

3 may 2009

Mareas de luz.


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Los senderos que buscan
Los árboles que persiguen
Las bifurcadas que unifican
Los progresos que involucionan

Sueño Mareas De Luz

Las pobrezas que enriquecen
Las contaminaciones que purifican
Las pacificaciones que violentan
Las ausencias que acompañan
Los venenos que sanan

Sueño Con La Abolición Del Epílogo
Y Los Prólogos De La Vida.



Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

CXXXI.


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En esta oscura constelación de soledades,
ahora, lo infinito del ahora se agota.
El endrino manto que cubre al mundo
vuelve atronador el suspiro y se marcha.
No, no se marcha,
se demora tranquilo,
se abandona al infierno que no cesa
y presume claridad.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Persigo el horizonte.


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Cansado de andar,
harto de cimbrar
en la tempestad
de todo lo que fue
y no sabrá jamás
volver a ser.

Cansado de andar,
persigo el horizonte
y todas las voces
quedan atrás.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Lo indecible.


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Fui brioso río,
febril e infatigable devenir
y los sedientos
acudían a mí
en busca de sosiego.

Mi alma comprendió
y fatigó lo indecible.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli