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31 jul 2012

CXXX.





















¿Dónde yace lo parido?



¿Dónde lo que amé,


aquello que no sabía de olvidos?






¿Quién despertó a los muertos


que fraguan el pan de mis mañanas?






En cada uno de ellos


mi gesto y todo lo que duele


en cada uno de ellos.






Hubo un río,


en el vientre de tu cama,


hubo un río,


tempestuoso,


luego calma…






En cada gesto,


uno de ellos y ellos duelen


en cada todo,


en toda nada.






¿Fraguan las mañanas de mi pan


a los muertos del despertar?






¿Dónde parir lo que yace?






¡Ay, de los muertos


del pan


de mis mañanas!


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

2 jun 2009

CXXII.


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Tendremos las manos necias
y el sudor envejecido.
La generación que nos parió
sufre abismos en el verbo,
posee colmillos en la memoria.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

XLV.



_____________________________________________________


Trazo un lazo.
No, es un misterio...
Trazo un misterio
en derramarse y ser la noche
y cubrir el mundo
en un gesto...
Trazo un gesto.
Doy a luz al misterio.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

3 may 2009

CXXXI.


_____________________________________________________


En esta oscura constelación de soledades,
ahora, lo infinito del ahora se agota.
El endrino manto que cubre al mundo
vuelve atronador el suspiro y se marcha.
No, no se marcha,
se demora tranquilo,
se abandona al infierno que no cesa
y presume claridad.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

2 mar 2009

CIII.


_____________________________________________________

Ay, si pudiera
borrarte de un soplido
la sonrisa.
Ay, si pudiera
alzar un muro entorno a ti
y dejar que allí despierten
la muerte
o
el olvido...


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

LXXXII.


_____________________________________________________

Nombrar la luz,
destramar tu verbo,
tu nombre.

Sonreír al cielo.

Nombrar la luz
o callar.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

L.


_____________________________________________________

Lo que recordamos del ayer
nos delata,
se nos parece.

Ay, Mariposa ciega que vas llevándome
de la sangre mineral a la madera sonante.

Soy mi voz, esa voz que no cesa,
pero
¿Quién escucha esta voz?
¿Para quién agita sus cuerdas de tempestad?

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

XLV.


_____________________________________________________

Ay, Luna
que te acercas al mundo
para verte en las charcas…

un tiritar de huesos
te aleja, te espanta.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

20 nov 2006

LXVIII

Es el tiempo
de la muerte al acecho.

Es el tiempo del sueño y la eternidad
tejiendo las entrañas del mundo...

y como un céfiro
lanzado al abismo
abandono el vientre
que en secreto
demora mi partida,
y herida mi pureza,
mi contorno celeste,
fluye la sangre,
marea indecente
para los que nunca han soñado
un porvenir...

Es el tiempo de la muerte,
es el tiempo del sueño
y la eternidad tejiendo
las entrañas del universo...

y en ellas, nuestra carne
que se pudre,
el deseo que nos nutre,
la libertad que nos anhela,
consubstancial materia
que dividida nos espera
detrás del mundo,
invitándonos a celebrarnos
como uno,
al fin como uno...

Que así sea.
Ilustración - Texto: Diego L. Monachelli.

22 ago 2006

II

En la cintura estelar, anhelante,
la niebla de la piel has hallado
y a tu fuego dotaste de tacto
con la embriaguez de inocente amante...

y tu luz inasible
pareció gigante
en su engañosa espesura,
y a tus ojos vacilantes
pareció parirlos
tan feroz mentira...

Ah, sin saberlo te alejabas,
ya en cuerpo y alma,
de las orbes celestes!

Y tu gracia táctil
padecerá recuerdos
de antiguas soledades,
y tu cuerpo enhiesto
reclamará suelos
donde posar sus dones...

Mas aun no lo sabes
y te apremia el deseo,
eres el selsavo sentido...
eres la vida, misterioso hado.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

18 ago 2006

I

Surca el silencio el silencio,
viaja y descubre la pasión dormida,
las plantas enlodadas,
todas abiertas las heridas.

Se abandona al sueño
y su madriguera dormida
se alza en llamas
tras sus negras pupilas.

Se arroja, estremecidas sus fibras,
en busca de las entrañas
de lo que será, en un futuro,
su condena...

Pues el aire quiere rocas
que canten su voz eterna,
y las rocas quieren mares
que alcen gritos en su dureza.

Así el mundo se mueve,
en la penumbra hambrienta,
con sus retinas agotadas
de cenicienta noche...

y en busca del rojo pulso
ella se lanza, creyéndose ciega,
en busca de la carne magra
que colme de tino sus dormidas palmas...

Oh, inocente nada!!
ya todo lo eres al lanzarte tras lo que amas.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli