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18 may 2008

Diálogo.


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- Discúlpame hijo, he visto el esfuerzo que le suscita su pierna al caminar, ¿qué le ha sucedido?
- Nada importante y si me disculpa...
- Sabe, ¿le molesta si lo acompaño?, es que para mí es de vital importancia saber qué le ha sucedido...
-¿Qué puede tener de vital y de importante cómo conseguí esta renguera?
- Puede serlo todo o quizás nada, el futuro de las naciones, el principio del futuro del mundo puede estar dentro de tu herida, detrás del puño que la infringió...
- Ah! que bien... Discúlpeme señor, pero no estoy de humor para hablar de mi pierna y menos ahora que estoy apurado, aparte ya bastante tengo en cargar con ella...
- No te quejes hijo, ese es tu destino y debes saber llevarlo, debes ahondar en él para hallar su centro que no será más que el tuyo, de hecho cosas realmente terribles hay en el mundo, hijas todas del peor mal... ¡La traición! Yo mismo he padecido y padezco aún de ese dolor. Uno de mis hijos, el primer traidor, intentó, hace siglos ya, usurpa mis dominios...
- En eso de la traición estamos de acuerdo, pero ¿no le parece mucho eso de los siglos? está bien que usted sea viejo pero no ha de serlo tanto.
- Yo soy la historia, hijo, y al fin creo que aquel está venciendo. Sus hijos han sido más temibles aun, en ellos se conjugó el odio heredado, ignorante de raíces, la ambición y la inteligencia súbdita de una guerra que ya ha perdido su razón, su nombre y hoy confabula en enormes, terribles palacios... El castigo que les procuré ha sido, al fin, mi propio castigo... Pero dime, ¿qué le ha sucedido a tu pierna?

- Mire, realmente lo siento por usted pero sigo sin entender qué tiene que ver mi pierna en esto, aparte ya le dije que no quiero hablar de eso.
- Tal vez no lo recuerdes. No te sientas culpable por eso, la memoria es algo incierto. Yo, por ejemplo, ya he olvidado sus formas y sufro de tremendos abismos, de increíbles olvidos, todos mis destinos se han hecho uno y minúsculo pero no he sesgado... Sin embargo estoy tan seguro de que eres tú! ¿Has estado en Sinar?, ¿En Betel?
- No creo, estuve en Chacarita, en Palermo y la Boca también en Venado tuerto, en Melincué... ¿En qué provincia quedan?
- Que extraño, hijo, de seguro tu rostro... es tan parecido, ¡aunque mi memoria!... ¿No has estado ahí?
- Me parece que me está confundiendo. En otra oportunidad anduve por Ombuctas, Médanos, ingeniero White, pero de esos lugares que dice no tengo ni idea. Aparte le voy a pedir un favor: no me llame hijo, no soy su hijo...
- De hecho lo eres...
- No señor! Mire usted me está confundiendo, yo no soy ningún traidor ni nada por el estilo, bien que lo estoy respetando. Si usted tiene problemas con sus hijos vaya y háblelo con ellos, no conmigo... Yo no lo conozco y esto se termina acá. Al que sí conozco bien es a mi viejo y no es usted, así que haga el favor...
- Ah, tu padre!! ¿Dónde está él?
- Pero ¿cómo, no me dijo usted que era mi padre y ahora quiere saber donde está?... Usted está mal...
- Está bien, está bien... yo solo pido un poco de paciencia para este anciano débil de memoria... a la deriva en la eternidad. Ya las cosas no son como antes, no para mí... Ah!! La memoria. ¿Cuál es tu nombre, hijo?
- ¡No me llame hijo!... mi nombre es Santiago.
- ¡Jacob!... ¡Jacob!
- ¡¡No, No!! Santiago y no grite que la gente va a pensar que le estoy robando o cualquier cosa, siempre piensan mal de los rengos, más con su facha y gritando. Van a decir que me estoy aprovechando de un viejo greñudo.
- Ah, Jacob!... yo sabía que eras tú...
- Usted no entiende nada, viejo. Le dije Santiago.
- Sí, ya lo sé, esa es la dificultad de este mundo, nada es. Tú no eres quien yo digo y dices ser quien eres... ese es el castigo, cierto!... ese es... se ha perdido el verbo... Ah memoria, que tristes jugarretas me haces padecer. Nada es lo que se nombra, nada vive dentro del nombre, la identidad y lo nombrado ya no son lo mismo, el nombre ya no es lo nombrado.
- Usted está loco. Si yo digo algo es eso y punto, ¿qué más? Ese es un perro... y es un perro, listo. Después alguien le pone un nombre y es un perro con nombre...
- No!! Esa es una convención, es el inútil esfuerzo del hombre por organizar el mundo, darle forma y, así, entenderlo. Es la manera de intentar ser dueño y no parte. El nombre ya no signa un destino, nada es lo que se nombra... nada.
- ¿Y usted quién es?, ¿Cómo se llama?
- Yo soy quien todo lo era, y mi nombre, hijo... Ah, memoria!...
Hace tanto que nadie me nombra que ya lo he olvidado.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
Del libro “Los Gorriones Suicidantes”

26 feb 2008

Ventanas.




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Realmente debo decir que aún me siento normal, bueno... no veo porqué no, pero el ser humano es un extraño laberinto y la normalidad es readaptable. Yo me considero normal, mis actividades son las de cualquier otro con la sutil diferencia que desde hace ya varios años llevo a cabo todos mis deseos, todos.
Posiblemente todo haya comenzado con esa fascinación por las ventanas, por los pequeños mundos que se mueven detrás de ellas, por esa débil línea que divide, ese delgado vidrio que separa constantemente todas las realidades.
Todos los días al salir de mi trabajo, ya en la vereda, encendía un cigarrillo y caminaba unas cuadras hasta la parada del colectivo. Siempre mis predilectas fueron las noches de verano; entonces observaba y hasta me detenía excitado ante las ventanas abiertas, solapado en la oscuridad y en silencio. En muchas oportunidades pronto reanudaba la marcha, la mayoría de la gente pasa su vida sentada a la mesa, frente al televisor, sin darse cuenta que las horas se suceden raudamente y a medida que pasan van simulando más reales sus estúpidos y vacíos rituales, a tal punto que ellos mismos creen que viven una gran vida.
Al subir al colectivo me acomodaba plácidamente, sabía que enfrentaba un viaje de una hora atravesando toda la ciudad, nada más maravilloso. El viaje consistía en un recorrido minucioso a través de distintos barrios, a modo de resumen de todos los de la ciudad. Comenzaba en una zona de fábricas, frigoríficos, casas altas y viejas, luego altos galpones y edificios, comercios, estación terminal de ómnibus, no sin pasar antes por un barrio de grandes casas, mansiones distinguidas donde nunca se veía a nadie. Más adelante el centro decadente y bullicioso donde todos acuden en busca de quién sabe qué. Tráfico, miles de ventanas abiertas, hombres y mujeres desfilando en el gran escenario, cumpliendo su trágico rol de diminutas piezas de la relojería infernal de un pueblo en decadencia. Pero todo eso, todas las historias que imaginé, cada una de ellas semejaron a nada en un instante; quizás alguna vez hubiese imaginado historia así, tal vez haya sucedido en el comienzo de todo, mas hace tanto que casi no lo recuerdo, es más, en ocasiones imagino que desde niño tuve tal fascinación, hasta quizás antes, pero lo cierto es que en un segundo, en un parpadeo, todo cambió.
Poco a poco se acercaba mi destino, ¿o debería decir que yo me acercaba a él? sea como sea, mi imaginación nunca se hubiese atrevido a tanto. Entregado a mi deleite al salir de mi trabajo, sin advertirlo siquiera, me detuve súbitamente. Delante de mí se abría un gran ventanal, detrás de un pequeño muro. Entre la verde hojarasca de una enredadera los blancos bordes relucían, unas lacias cortinas se mecían levemente, entreabiertas, con suaves modos, con sutil gracia. El aire viciado de costumbre se tornó dulce, espeso, podía sentirlo entrando en mí, delgado y dulce, cálido. Nada me detuvo, ninguno de los acostumbrados mecanismos de la psiquis, nada.
Di un salto, atravesé el diminuto paredón y el breve jardín hasta llegar al majestuoso ventanal. El aire, líquido, me recorría el cuerpo, las blancas telas, en su suave vaivén, semejaban a tersos gatos. Me recosté lentamente sobre la enredadera, pude escuchar en el silencio un chirrido como lejano y por un instante pensé que debía dejar de fumar.
En ese momento tuve la sensación de que nunca había reparado en aquella casa. Me sentí excitado y confundido, ¿tantos años y nunca la advertí? Ya mis manos se alzaban alcanzando las blancas cortinas, lentamente fui abriendo el íntimo telón, la función comenzaba al fin.
Una gran habitación inmóvil, las paredes cubiertas de pinturas y una extensa biblioteca, en el centro un robusto sillón de espaldas a mí. La casa respiraba en un profundo silencio. Ya no había retorno. Penetré el majestuoso ventanal cruzando detrás de mí suavemente las blancas telas. Mi pulso se agitaba ferozmente y recordé a Poe en el corazón delator. Ahora podía observar claramente que alguien estaba sentado en el sillón, me quedé inmóvil un instante y luego me saqué los zapatos con silenciosa precisión. La luz parecía dirigida al centro de la habitación, mi sombra apenas se arrastraba. Fue entonces cuando crujió el sillón como advirtiendo mi presencia, contuve mi agitada respiración. Giró lentamente hacia la izquierda, di un paso a la derecha, luego otro, el sillón aún giraba, otro más y otro... se detuvo. Un silencio inimaginable recorrió ese segundo.
Tuve la sensación de haber estado allí antes, algo imposible, pero esa sensación se acrecentaba. Quien estaba sentado en el gran sillón parecía jugar conmigo, se movía suavemente a la derecha y luego volvía donde comenzó, el rechinar se hacía insoportable; imaginé, en una vorágine de cosas, que había escuchado mis furiosos latidos. El sillón se mecía cada vez más rápido hasta voltear violentamente. Bañado en sudor me abalancé hacia él sin pensarlo siquiera y, con una vehemencia que parecía acumulado por siglos, trabé mis manos en su cuello. El anciano que allí estaba sentado no tuvo ningún gesto de resistencia, lo que me enfureció. Sus ojos se posaron serenamente sobre los míos, la aspereza de su larga barba debajo de mis manos parecía clavarse en ellas. Sus ojos, sus enormes ojos negros parecían saber quien era yo, parecía haber estado esperando por mí. Sus pómulos se tornaron rojos, lentamente se desvaneció, sin sobresaltos. Cayó al piso un gran libro de tapas negras que él tenía entre sus manos, lo tomé y salí corriendo.
Hasta llegar a la parada del colectivo que la gente me observaba desacostumbradamente, en ese instante me di cuenta que siempre había pasado desapercibido para todos. No sabía tolerar las miradas. Lo mismo sucedió al subir al colectivo, me senté en el último asiento individual y aferré al libro; creo que me dormí presa de un inusitado cansancio, el viaje pareció ser un abrir y cerrar de ojos. Entré a mi casa de prisa y me recosté en una silla. No podía entender lo sucedido, nada parecía habitual y al mismo tiempo todo, que es lo mismo, parecía guardar una antigua relación conmigo. Aún tenía entre mis manos el libro; sus gruesas tapas negras no tenían símbolos ni letras, eran extrañamente negras. Las hojas amarillentas parecían miles. Al abrirlo noté que éstas no tenían numeración y que estaban escritas con pluma, una delicada caligrafía las recorría de punta a punta, sin párrafos, sin capítulos, sin guardar ningún espacio.
Algo en él me pertenecía sin saber bien qué, las figuras de las letras, su trazo continuo, quién sabe. No sin temor busqué la última página y entonces pude leer:
“Yasabes,cuidatedetimismocuandoseasviejo,cierralaventanaynoolvidestuszapatos.”

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
Del libro “Los Gorriones Suicidantes”

11 jun 2007

Monólogo.

Hemos perdido lo último que nos quedaba; y no hablo, como se podría creer, del regalo de los dioses. No, aún tengo mis reservas y no alcanza mi estrecha mente a pergeñar un camino que encuentre su destino claramente con respecto a él; mas sí adivino, sí tengo la certeza de que no ha sido tal obsequio venturoso.
Hemos perdido, y no por descuido, nuestro último hálito, hemos ofrecido nuestra última, y como tal la más patética, reverencia a la feroz jauría que desde siempre parió consigo sombras. A ésta entregamos nuestro sudor, nuestro rojo sudor de jóvenes siglos apenas, sin advertir en ese gesto que los muertos, rabiosas flores llevaban a nuestro entierro.
Otros hubiesen sido nuestros yerros ¡mas tan puros, tan honrosos! Otro hubiese sido nuestro destino y bien digo otro, ni más beato ni más funesto, de facto el que padecemos es el justo. Si hubiésemos bebido de los medicinales sonetos tan solo su brisa y no en cambio, como hicimos, asesinar sus versos en abismales olvidos o en oxidadas lenguas de loro; si hubiésemos cuidado, si hubiésemos escuchado aquella pequeña voz de insondables caminos, aquella en la cual la palabra patria era limpia. Ay! si hubiésemos hundido más el puñal en nuestro costado, qué tan distinto sería nuestro sino. Pero aquí nunca ha sido importante ser justos.
Recuerdo, más aun debo decir, vivo soñando a los desterrados de un pasado amor, también aquella rabia, que el ojo agudo supo ver, como tantas otras aguas, del juguete al que hoy se obliga, junto al hombre que alzó el gesto de su espíritu hacia la perfección, junto a la voz de la niebla, junto al vuelo del espantapájaros, a ese silencio conveniente para la garra hambrienta y feroz.
¿Han sido estos, y más de seguro, castigados como Casandra? ¿Hemos de ser tan necios que aun sabiendo ese castigo echamos al moderno gruñido nuestros sentidos? Hay quienes han hablado de nuestros días con descarnada certeza, sorteando lustros, décadas, siglos... padeciendo injurias, claustros, destierros, la muerte y, a pesar de ellos, lo han hecho. Ellos han sabido no traicionar su destino y yo me pregunto:
¿Acaso sabremos salvar su sangre en nuestra sangre?
Lo he dicho y lo repito, hemos perdido lo último que nos quedaba. Hemos perdido nuestro breve pasado, hemos perdido a nuestros buenos muertos, e incluso a los otros. Hemos perdido, y con ella al fin todo, la tierra que dio cobijo a nuestra carne umbrosa y temo que una vida sin pasado, por más enhiesta que se halle, jamás poseerá futuro... sólo podrá padecerlo.
--Bravo, bravo, bravisimo!!
--Excessif, repaussant...
--Pourquoi?
--Che, ¿qué dijo?
--¿Qué dijo quien?
--Widersinning, widersinning!!
--Sí, absurdo y más por...
--Siempre me gustó el aroma del jazmín.
--Treacherously offensive!!
--Esto es un bardo, loco!!
--Sí, puede ser, pero tiene cierta cadencia pretenciosa que afecta el ritmo de tal forma...
--¡Callaos multitud, que una mollera no es lugar sitio para tanto bullicio!



Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
Del libro “Los Gorriones Suicidantes”

8 ene 2007

Sobre “Los gorriones Suicidantes”. Antonio P. Bustamante.


“Original título para esta estimulante cíclica colección de Narraciones.

Escrita con un pulso narrativo notable, que deja adivinar el trabajo de un escritor vocacional, “Los gorriones suicidantes” (título que también da nombre al último y a mi juicio más logrado relato de este libro) se revela como una obra atípica, inusual y estimulante. Escrita para provocar una reacción en el lector y, seguramente, para promover en él algún tipo de respuesta.
Con un estilo rítmico, convenientemente dosificado y maduro, Diego. L. Monachelli construye, a través de historias sencillas y personajes cotidianos, todo un universo de casualidades, causalidades y obsesiones íntimas. De ésas que tienen que ver con nuestra propia cordura, dualidad y cargas del alma. El lenguaje es pulcro, preciso y contiene claras reminiscencias de su Argentina natal, destacando la riqueza descriptiva y la habilidad sintética de algunos planteamientos y desenlaces. La obra: intensa, original y vibrante, especialmente recomendable para un tipo de lector ávido de nuevas propuestas y dispuesto a realizar un esfuerzo añadido.”


Antonio P. Bustamante. Editor. España.


Ilustraciones: Lucia Lemmi

Sobre “Los gorriones suicidantes”. Luis Loytei.

“Leer los gorriones suicidantes no fue un acto de mero entretenimiento sino de una necesidad de respuestas vitales. Digo esto, claro está, después de haberlo leído y mucho después de esa primera atracción que uno siente al acercarse al libro.
El primer impulso, no puedo negarlo, fue en su génesis la curiosidad que siente cualquier lector que intuye ante las primeras páginas, que el libro nos puede gustar y entretener, que al fin podamos evadirnos del entorno –rutinario a veces- en el que estamos inmersos. Pero algo sucede cuando uno entra en esas primeras páginas de los gorriones.
No es el momento de un análisis literario ni de una crítica concienzuda las iniciales páginas de un libro, pero sí de ensayar una definición, si es que la hay, de las sensaciones que nos embargan cuando lo vamos leyendo.
En principio, esta obra es un viaje. Los gorriones nos lleva en un viaje que poco a poco se va transformando en un viaje de regreso, un viaje donde nadie puede escapar de las reminiscencias del pasado y que el recuerdo ha forjado en nuestras vidas. Con una aguda descripción del entorno, Diego Monacheli nos pinta el reverso de la mirada, esto es; cuando más miramos el entorno más vemos nuestra propia alma. Una inversión metonímica donde las percepciones que nuestra mente encuentra son reelaboradas y donde ese vaivén de pensamientos tienden a amoldarse a una “realidad” que se nos presenta imbricada y en constante cambio. Los gorriones nos ubica en un tiempo intangible, el tiempo que la mente ordena sin sucesión donde pasado, presente y futuro es un instante que nos conmina a vivir eternamente, vaya la paradoja, a vivir eternamente peleando contra la muerte.
Con un lenguaje claro, no exento de imágenes cargadas de poesía, el autor va significando esa extraña fusión de la palabra con su percepción afectiva. El texto nos mete, nos “prepotea” a sentir las mismas sensaciones de inseguridad, de hastío, dudas axiomáticas que al fin hace cómplice al lector a replantearse los órdenes establecidos. Aquí no hay reglas de felicidad ni de autoayuda, aquí hay ficción que nos obliga a pensar, nos lleva a indagar, leer y releer. Los gorriones suicidantes hacen de espejo, con ciertos guiños al lector atento, algunas referencias autorales y paráfrasis, nos ubica y desubica del cómodo sillón que estamos inmersos.
Una forma de sentirnos diferentes pero dentro. Una mimética entre sujetos: ser leído y lector.”

Luis Loytei. Escritor. Uruguay.
Ilustraciones: Lucia Lemmi.

20 dic 2006

Gratitud.

Este río que soy,
este fluir incesante;
este abrirse que se cierra,
este solitario continente
que busca y se busca...

Vuelvo y me hallo,
entero, en la palma
de todo lo que amé.

Sólo así soy...

Mariposa de piedra,
vértebra azul del viento,
crece el verso en tu callar.

Se aleja el eco
de una nueva frontera
abatida por el sueño y la tinta...

Yo soy la voz que no cesa,
el sueño grávido...
la noche insomne
que canta
en su luz muda y su madera...

Yo soy la voz que no cesa!
Diego L. Monachelli

(De amor en amor
voy pariendo
los pedazos de mi patria.)

6 dic 2006


http://www.youtube.com/watch?v=u69m8IH0cVQ

AudioVisual creado por el realizador G. Bos a partir de las ilustraciones de Lucia Lemmi, basadas, éstas, en las narraciones de “Los Gorriones Suicidantes” tercer libro de Diego L. Monachelli.

21 ago 2006

Los gorriones suicidantes.



No recuerdo cómo ni quién me dio la noticia. Simplemente, en lugar de aquellos sucesos, se halla un vacío oscuro y tenso, un devenir silencioso que desemboca su corriente junto a la cama donde yacía mi abuela.
Ella estaba inmóvil. Los ojos cerrados le imprimían a su rostro desvaído un gesto de dolor, el cual parecía tolerar con gran esfuerzo. Su cuerpo pequeño y huesudo, apoyado de sobre su costado, en posición fetal, levemente hacía respirar las glaucas sábanas.
La noche se prolongó tortuosamente. Yo intentaba no sucumbir ante la desesperación aunque era una tarea ardua. Intentaba no rendirme a esa sensación, a ese empequeñecimiento del mundo, que deviene cuando alguien amado cae gravemente enfermo. Como un rasgo de su vitalidad cotidiana, de tanto en tanto, abría los ojos y con voz diminuta, débil, insistía en que la dejara sola, que fuera a descansar... Ninguno de los dos concilió el sueño.
A la mañana siguiente, muy temprano, comenzó a llegar el resto de la familia. Hermanas, hijos, nietos, yernos, todos perturbados por la noticia y más aún por no saber qué sucedía. Cuando los ánimos comenzaron a hacer evidente su agitación por la falta de atención, fruto tal vez de las quejas que paulatinamente se hacían con mayor frecuencia y alboroto, acudió un médico. Luego de revisarla expeditivamente y hacerle algunas preguntas menores, le recomendó unas pastillas para el dolor de cabeza y que descansara en su casa. Creo que todos padecimos el mismo sentimiento de ira, pero nos contuvimos, al menos hasta que salió de la habitación.
Ya en el pasillo aquel doctor estuvo a punto de recibir una paliza multitudinaria... pero estaba dispuesto a no escuchar ninguna otra opinión, ni siquiera la explicación de las personas que conocían y convivían con aquella mujer.
Mi abuela siempre fue dueña de una vitalidad extraordinaria y si bien se quejaba constantemente de los problemas cotidianos (hasta haber convertido aquellas quejas en un signo vital y sumamente gracioso, por sus derivaciones filosóficas, de su personalidad) no se dejaba vencer fácilmente por cualquier dolencia y se oponía con férrea voluntad a caer en cama.
Sin demora, de nuestra parte, y al ver que no recibiría otro tipo de atención, la trasladamos a otra clínica... Obviamente el proceso burocrático (obras sociales, recibos, firmas, documentos, autorizaciones, dinero, etc.) no hacía más que retrasar cualquier movimiento. De tal modo están dispuestas estas legalidades que, en el momento menos oportuno tanto para el enfermo como para los compungidos familiares, uno debe pasar de una oficina a otra, secretaria por secretaria, firmando y declarando incesantemente lo mismo una y otra vez hasta la locura, sintiendo que cada segundo que transcurre es vital... aunque siempre lo son.
Hartos y nerviosos, concluidos los trámites a medias, llegamos a la otra clínica. En cuanto lo hicimos el doctor Mendiondo se presentó y junto a una enfermera se dispuso a examinar a la paciente. Detenidamente sintió y escuchó cada sonido de su cuerpo, así como las respuestas que daba a cada una de las preguntas que le hizo. Eso fue suficiente. Inmediatamente ordenó una serie de estudios e intervenciones, tomó ciertos recaudos y nos llevó fuera de la habitación.
La palabra “milagro” nos dio con certeza la gravedad del problema. A los setenta y tres años, Paulina Gómez, había sufrido la ruptura de un aneurisma cerebral y se la debía intervenir quirúrgicamente de urgencia.

Tras varios días de minuciosos estudios y rigurosos cuidados fue llevada al quirófano. La operación era altamente riesgosa y no se podía asegurar el éxito de aquella intervención. Todos nos quedamos solos, esperando impacientemente durante largas horas.
En momentos como ese la naturaleza de las personalidades, y los sentimientos, queda absolutamente expuesta, es decir, no durante esa espera sino desde que los hechos se precipitan sobre uno. Somos testigos y estamos a merced de voluntades ajenas. Uno ignora y anhela... mas no actúa. El tiempo agita todos los pensamientos como una avalancha incesante... y lo que es peor, la silueta de la muerte, que siempre nos ronda y nunca escuchamos, se delinea con nitidez, estremeciéndonos y evidenciando que somos los únicos animales que jamás se acostumbrarán a ella. Imagino, en ocasiones y no sin experimentar cierta contradicción, que somos sus predilectos. Nadie como el hombre ha sembrado tanta peste. Nadie como él, bípedo arrogante y envanecido de superioridad, es tan incapaz de convivir, de ser consubstancial materia del universo sin corromperlo... y fundamentalmente, nadie como él ha justificado tan extensamente y con tanta omnipotencia sus perversas atrocidades. Nadie, jamás, ha utilizado tantos ni tan eclécticos métodos de muerte como signo vital y primordial de su elevación por sobre el resto del mundo animal... ¿Quién daría entonces, a la muerte, tanta agitación, tanto esplendor e incontables variaciones a su rutinaria labor? ¿O acaso hasta ella misma se horroriza de nosotros?
Durante aquellas horas los ánimos fluctuaban de la trivialidad a la pesadumbre, de la tranquilidad a la impaciencia y el nerviosismo, sin contar a los impertérritos y morbosos ánimos de aquellos que, una vez enterados de lo sucedido, acuden con la única intención de alimentar sus espíritus y sus vidas vacías con los pesares ajenos. Esos que, movidos más por la exposición y el comentario de panadería, se acercan a buscar novedades e internas de los hechos para correr a dispersarlos por el barrio, sin que se agite en ellos, gracias a su patetismo y vacuidad, el más mínimo respeto.

Concluida la operación y los cuidados intensivos, le asignaron una habitación individual del segundo piso. Desde allí se podía observar la tupida fronda de la plaza que, atravesando la avenida, se abría paso hacia un cielo despejado y caluroso de un noviembre espléndido.
Ella dormía profundamente y reinaba cierta tranquilidad en el ambiente, aunque ya se había despertado y sus primeras palabras fueron imperativas. Sí, con voz débil todavía me exigió que le alcanzara sus dientes. Tal orden me relajó y me hizo reír. Luego de que le abrieran el cráneo, le reconstruyeran una vena de su cerebro, no sin antes abrirle cierta arteria sobre el cuello para llegar, con un pequeño conducto hasta no sé donde. Luego de haber drenado desde su propia masa encefálica torrentes de sangre... ella se procuraba la dentadura... Era una pequeña evidencia. De alguna manera se sentía aliviada.

La abuela ya estaba mejor y parecía no haber sufrido ningún daño. Las breves discusiones y las reprimendas fueron incesantes. Por orden expresa de su médico ella no debía hablar ni moverse demasiado pero su verbosidad era incontenible. Parecía haber regresado de aquel quirófano con una aceleración, con un deseo de hablar que no se podía explicar. Pero todo intento de disuadirla fue inútil. Nada hacía callar a la abuela, salvo, y como para mantener las apariencias, cuando una enfermera o Mendiondo acudían a controlar su estado.
Una de aquellas noches, mientras ella renegaba por la comida sosa que le traían de cena, fue que observé, en el poste de luz de la calle, frente a la ventana, un pequeño bulto que colgaba desde un cable, justo antes del farol. Aquel extraño apéndice de la luminaria ni era más que un gorrión. El cable parecía enroscarse en el breve cuello del pájaro y su diminuto cuerpo, rígido e hinchado, se mecía levemente. La abuela protestaba y comía. Imaginé que era una más de las tantas trampas con que el progreso acecha a los animales, así como las redes, las turbinas o los desechos tóxicos. Pero aquella escena parecía demasiado caprichosa, particular.
Me invadió una tristeza agobiante, una desolación inconmensurable y tal vez, por estas emociones, no opuse resistencia ante la idea que avanzaba en mí con paso de funeral... El pájaro aquel se había suicidado.
En medio de tan singular duelo comenzaron a llegar algunos familiares y a media que lo hacían, yo les señalaba aquel hallazgo. Nadie lo tomó en serio, ni al pobre suicida ni a mí. El hecho movió a risa a todos ellos e, inevitablemente, a ciertos comentarios, algunos acerca de mi cordura, otros de mi imaginación. Pero yo no dudaba de ninguna de ellas. No creía necesario demasiado ni de una ni de otra para ver algo que llanamente estaba ante nosotros, casi al alcance de la mano, como una muda señal de advertencia. La abuela renovaba sus quejas con los recién llegados y me sonreía cariñosamente.
Aquella noche, y por primera vez desde que todo había comenzado, ella quedó sola en la clínica. Esto dio lugar a una reunión para discutir lo que se estaba musitando por los pasillos... La abuela ya no podía trabajar, no debía hacer esfuerzos ni agitarse, por ende no podía ya vivir sola. Toda la familia dispuso qué hacer y qué no, como si a ella le hubieran extirpado en aquella operación la voluntad y sus facultades. Con extrañas formas amorosas todos disponían sobre su vida de una u otra manera sin detenerse a pensar en su opinión o sus deseos, transformada por las circunstancias en un objeto, un lastre o una pertenencia.
Al día siguiente, sin haberme despojado de aquella imagen en toda la noche y tras haberme formulado incansables preguntas, me senté en la vereda de la clínica antes de entrar.
Aquel gorrión se mecía brevemente en lo alto y el sol de la mañana confundía su sombra con las de las hojas de los árboles sobre la avenida. Nadie reparaba en él. Los transeúntes iban y venían acaloradamente, todos con la vista al frente o hacia el piso. Descendían o ascendían a los taxis sin detenerse un segundo. Caminaban todos entre árboles, hombres y mujeres como si lo hicieran por un estrecho corredor, amurallado con frías e inexpresivas paredes. Los conductores, veloces, violentos, como quien escapa de algo, repetían su rígido y estruendoso ballet.
Una vez en la habitación acomodé mi silla cerca de la ventana. La abuela estaba mucho mejor y el turbante que coronaba su cabeza se había transformado en una gruesa bincha dándole un aspecto grave y combativo.
Pronto me di cuenta que los pájaros que rondaban por allí no se detenían sobre aquella luminaria. Se posaban por doquier mansamente, incluso sobre la ventana, pero nunca sobre aquel farol. La soledad y la quietud que circundaban al gorrión ahorcado, en medio de aquella agitación, le imprimía a la pequeña escena cierto dramatismo.
La abuela a lo largo de aquel día fue sometida a distintos exámenes y trasladada para ello a otras instalaciones. No recuerdo quién la acompañó. Yo, por mi parte, deseaba caminar.
La plaza no era precisamente la mejor diseñada pero sí, tal vez, la más poblada de árboles. El aire fresco corría por entre las voluminosas copas con suavidad. Era una especie de discreto oasis en medio de aquel desierto, de aquellas soledades multitudinarias.
Me senté en uno de los bancos más cercanos al centro de aquellas cuatro hectáreas y comencé a escudriñar, aguzando la vista, las ramas que me separaban del cielo. Era difícil distinguir qué era lo que veía pero me pareció descubrir, en algunas de ellas, pequeños cuerpos que se mecían. Caminé a lo largo de aquella plaza una y otra vez observando el verde firmamento, intentando ver con claridad. ¿Por qué un animal, sobre todo un pájaro, tan comúnmente envidiado por su arte de volar, tenía aquel rasgo humano? ¿Cómo lo hacían?
Estuve a punto de treparme a uno de los árboles tras haber descubierto lo que parecía con seguridad, otro gorrión suicida. Pero desistí. Sentí que intervendría en un acto de la naturaleza del cual no era digno. Temí corromper cierto orden o más bien temí hallar una incriminación abierta a la raza que indefectiblemente encarno...
Una adusta pena me embargó y sufrí ese síndrome de enfermo... ese empequeñecimiento del mundo que no nos permite ver más allá de los hechos que nos atañen individualmente... y tal vez por ello sentí una gran soledad... No lo sé.
Me marché de la plaza caminando distraídamente. Mis pensamientos no se despojaban de aquel evento, de aquella sensación tan difícil de explicar... Sentía que todo lo visto encerraba una clara idea, mas no podía comprender ciertamente cuál.
Mientras deambulaba sin rumbo, extraviado en mis ideas, hallé una vieja casa. Ostentaba un oxidado cartel: “Villa Roca”. Dispuesta como era costumbre antaño, una extensa galería comunicaba todas las habitaciones y la separaba de un inmenso jardín. Su aspecto era lúgubre a pesar de estar florida y cargada de sol. Pero el progreso había actuado como de costumbre. La antigua casa había sido cercada por altos edificios y por una gran construcción que pretendía ser en un futuro, un colegio. Agobiado el espacio de aquella casa, no hacía más que evidenciar silenciosamente el vértigo sin sentido ni planificación del hacinamiento de esta ciudad antiestética.
Me detuve a observar su arquitectura. Seguramente era una de las primeras casa de esta zona. Súbitamente tuve la sensación de ser observado. La casa parecía deshabitada y sin embargo algo desde ella parecía observarme fijamente. Me quedé inmóvil. Lentamente y de a pequeños grupos, comenzaron a poblar el gran jardín de la villa, innumerables gatos. Hermosos y gordos, todos parecían aceptar mi presencia con recelo, manteniendo la distancia. Mis intentos de acercarlos fueron inútiles. Me observaban con aire soberbio y volteaban haciéndome sentir que ellos eran los que decidían. La belleza de aquellos animales era deslumbrante así como increíble la cantidad. Ellos parecían dominar aquel territorio. Todos los tamaños, todos los diseños imaginables parecían reunirse en aquel parque.
Permanecí allí varios minutos casi inmóvil, observando tan lánguido desfile, hasta que una violenta escena se desató detrás de las rejas. El vértigo que le imprimieron a sus movimientos aquellos animales no me permitió comprender totalmente lo que sucedía, pero pronto se repitió. La imagen abrumó mis ideas. Los gorriones detenían su vuelo en las ramas más bajas y observaban detenidamente aquel ejército de gatos. Luego, con una increíble actitud de entrega, descendían planeando suavemente hasta el césped. Se posaban sobre él, enfrentando al grupo de gatos que parecían haber elegido, y estos se abalanzaban sobre ellos como fieras sangrientas hasta destrozarlos. Se dejaban atrapar... Se entregaban!
La misma escena se repetía en distintos rincones del jardín. Los gordos felinos transitaban de una lánguida y apacible actitud, a la más feroz y encarnizada de las luchas... y los gorriones se rendían silenciosamente.
Estupefacto, me marché, casi corriendo. Me detuve en la esquina para orientarme. La gente caminaba delante de aquellas rejas sin observar nada de aquel extraño circo romano. Es imposible explicar mis emociones, en ciertos casos, las palabras son demasiado pobres o uno demasiado torpe para hacerlo.
Mientras me dirigía nuevamente hacia la clínica creí ver algunos gorriones colgando de árboles y faroles. No podía creer ni entender aquellos sucesos tan evidentes y al mismo tiempo tan arcanos.
Al llegar a la habitación todos esperaban fuera, con aire nervioso. La abuela, en los traslados, había sufrido una recaída.
Aquella sedición me resultó extraña, ajena y distante. La abuela no tardó mucho en ser regresada a su cama. Dormía profundamente. Observé por la ventana. Ni gorrión ni cable pendían ya del farol. Quise hacer averiguaciones pero, ¿a quién preguntar, cómo explicarlo? Era inútil.
Hubo instantes en que creí verlo. Diminuto, solitario... singular y muda advertencia meciéndose en lo alto, más allá de la enajenación y la nada...

Todo aquello sucedió a lo largo de un mes, vertiginoso y extraño por cierto. A partir de entonces la familia comenzó a disgregarse. Las íntimas intenciones, las inconfesables, de cada uno parecían ser, al menos para mí, harto evidentes. El juicio que cada uno abría sobre el otro y jamás confesaba. La hipocresía y los temores, el egoísmo... las manipulaciones que ejercían resultaban groseramente obvias. Todos, a partir de entonces, nos dividimos, nos distanciamos.
La abuela sobrevivió sin secuelas y aún conserva su forma graciosa de renegar del universo... El resto se transformó en un tumulto de soledades que ostentan sin fundamento sano y amoroso, un lazo sanguíneo, un apellido en común... Yo por mi parte, jamás volveré a ser el mismo... así como nunca dejaré de pensar en lo que nos intentan decir, en lo que existe detrás de los gorriones suicidantes.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
del Libro "Los gorriones suicidantes"
próximo a editarse en España.

20 ago 2006

Doppelgänger.

Tal vez nunca sepan quién o quienes escribieron esto. Nunca sabrán si en este momento soy un mero personaje o soy yo mismo verdaderamente, o quizás sea un personaje creado por otro personaje, parido en la tinta por una mano sin nombre, tal vez yo mismo nunca lo sepa, pero eso no tiene importancia, no por ahora.
Los hechos pueden ser crueles, parecer de ficción o ser juzgados como una patética mentira, pero nadie puede negar la realidad. Existen acontecimientos comunes a todos, severamente comunes; la calle, la multitud, una sala en silencio, cosas que van grabando en nuestras vidas estigmas que suelen parecer insignificantes o hasta inútiles pero no creo estar hablando de esa realidad. El cúmulo de circunstancias genera un todo y convergen en un segundo, caben en un parpadeo. Cada actitud, cada movimiento y reacción nos delinean un futuro, mas lo único cierto es el ahora, aunque lamentablemente ya es pasado, y, así, es como todo transcurre casi sin ser advertido, ya todo es pasado.
En ese pasado fue que el hoy tomó forma, en un pasado donde mis cabellos aún... no, será mejor no pensarlo, pero estoy afortunadamente condenado a sucederme en el tiempo y ser testigo de mi decrepitud. Pasaba entonces mi tiempo entre libros y de tanto en tanto discurríamos en extensas discusiones con mis dos únicos amigos. Para la gente de mi entorno siempre resulté sombrío, aunque el verdadero motivo de tal repulsión no yacía en mí si no en lo que ellos creían que yo era; nada puede más con una realidad que la obsesión nacida de la ignorancia y así es que todo sucede, siempre fui esa tierra fecunda en la cual todos depositan su semilla de miedo, y desconocimiento, que germina velozmente bajo el azote de los vientos que mueven los más oscuros deseos, inconfesables. Imaginen que en estas circunstancias, ¿a quién podría confesar lo que me sucedía sin alimentar cualquier absurdo?
Una noche, en medio de aquellas conversaciones, creo, fue que todo comenzó, mientras uno de mis amigos hablaba. Lentamente su rostro se tornó pálido, sus ojos parecían rasgarse, su nariz suavemente se encorvaba para luego recomponerse en una rectitud matemática; su voz, es decir, su discurso no menguaba y nuestro otro compañero parecía no advertir tales movimientos. Intenté despabilar mis sentidos, bebí algo y creí que era culpa de la fatiga, en esos tiempos acostumbraba no dormir por días, hoy me doy cuenta que es realmente inútil aunque ya no puedo hacer otra cosa. Por unos segundos volví a ver su duro rostro como siempre, tuve la sensación de notarlo más viejo, pero eso no llamó mi atención. El tono de su voz comenzó a tornarse grave, oscilaba, subía a su agudo natural y descendía a una gravedad cavernosa; fue en esos niveles, en esas vibraciones, que mi consternación llegó a su clímax, no era su voz si no la mía la que emitía aquel cuerpo; pero eso no bastó, todas sus facciones comenzaron a moldearse nuevamente y de su rostro al mío hubo una fase horrenda, completamente amorfa, indescriptible. Mi consternación se transformó en fascinación, excitado me veía y me escuchaba hablar sin participar de aquella estructura de ideas, de palabras. Podía escucharme perfectamente y discernir, dividir y contraponer ideas sin siquiera saber cuál sería mi respuesta, es decir, la de aquel que ahora era yo sin dejar de ser yo quien era.
La conversación continuó, lentamente retorné a la conciencia ordinaria del yo y al hacerlo comprendí que ninguno de mis camaradas había notado tal suceso por lo cual decidí no comentarlo; cierto es que el tema de conversación había recorrido vastas sendas pero al momento de retornar a mi mismo (por decirlo así) advertí que estábamos hablando del doppelgänger, nada parecía casual, mas a pesar de eso no tuve el valor de explicar lo sucedido, me sentía cansado. Si hubo un comienzo de seguro había sido aquel.
Días después me encontré en la calle con una vieja amiga (aunque dudo de llamarla así) con la que nos detuvimos a hablar y nos sentamos en un banco de plaza. Al despedirnos tuve la sensación de ser testigo de mi propia despedida, su saludo pareció ser el mío, su gesto, su andar al marcharse. Entonces fue que escuché, no yo si no el otro, su voz diciendo por lo bajo lo poco grato que realmente yo le resultaba. Aquel episodio me causó tremenda gracia pero no duró mucho. Un joven que transitaba por aquella enorme plaza me abordó pidiéndome alguna indicación, no recuerdo que, mi consternación fue absoluta; al pedirle que repitiera lo que me dijo lo observé a los ojos y me encontré nuevamente ante mí con una gentil y macabra sonrisa. Mi voz, la suya, que era otra en mi rostro, y la de aquella mujer, resonaron en una triada implacable, una comunión extraordinaria y avasallante. Salí corriendo, escapando de mí mismo. Al llegar a mi casa todo parecía volver a la normalidad, si es que algo así existe. Pronto la noche se arrellanó sobre los techos y en esa misma noche, en la que siempre me sentí tan cómodo, una desesperación atroz me invadió. Tapé todos los espejos de la casa temiendo lo peor, temiendo enfrentarme al incorruptible portal, al insondable abismo del detenido mercurio. Mis ideas rondaban el oscuro presentimiento, algo, sin quererlo, se me había dado a saber, algo inaudito. Esa misma noche, casi eterna (aunque en ese momento no poseía la certeza de lo eterno) descubrí en mi casa rincones increíbles, las horas torturaban mi pensar, destruí los relojes; las puertas me estremecían en su rechinar, en el movimiento de su madera, cerré todas las ventanas y corrí cuidadosamente todas las cortinas temiendo su reflejo. Intenté leer pero fue inútil, una sola idea rondaba mi mente y me atormentaba.
Al llegar el alba, que apenas filtraba su luz, me sentí cansado y decidí acostarme, por un instante todo fue calma. Súbitamente, como proveniente de un sueño, escuché el estridente sonido de un reloj, instintivamente acerté un golpe sobre mi costado y me levanté. Caminé unos pocos pasos hasta el baño y lavé mi rostro con agua fría; al alzar la vista me encontré ante el espejo, un terrible espanto me recorrió por completo, no era yo, era otro, era aquel comensal, el de aquella noche donde todo comenzó. Traté de serenarme y difícilmente lo logré, para entonces ya estábamos rumbo a su trabajo e inútilmente yo trataba de regresar a mí. Sentí su sereno andar y su calma, recorrí, con él, todos sus pensamientos, sus emociones, su calambre estomacal de todas las mañanas. Me distraje en su ser, mas recién ahí se me dio a conocer, por completo, tan increíble trama.
Ya en su trabajo, junto a sus colegas, me di cuenta, no sin horror, cual sería mi destino. Uno de ellos se acercó a nosotros y extendió su mano, alzamos las nuestras, es decir, él alzó las nuestras y en ese instante me esforcé en un nuevo intento de regresar a mí, pero fue inútil. Cuando sus miradas se cruzaron en ese saludo cotidiano un violento movimiento se sucedió, de un cuerpo al otro hubo una fase horrenda, completamente amorfa, indescriptible; pensé, recuerdo, que tal vez era esa la forma real del universo. Ahora, luego de tanto tiempo, recién ahora he hallado algo de tranquilidad. De aquellos comensales, Anscario y Clodoveo, como de mí, no he vuelto a saber nada y mi destino jamás se detuvo, tan solo ahora un instante. Aquí donde estoy, en este joven, me he encontrado a gusto, sus hábitos y los míos, ya antiguos, son casi los mismos; he vuelto a la lectura, a la música, a las incansables conversaciones y por primera vez, luego de incontables noches, puedo alzar una pluma, aunque seguramente él dará por sentado que esta es una invención de su propio peculio.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
del Libro "Los gorriones suicidantes"
próximo a editarse en España.