5 ene 2009

El Alba.


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Perder el sueño por el sueño,
abrir fuego sobre la sangre
como un albor incontenible,
parir a cada segundo
la dicha de ser finitos,
perecederos,
inflamables.

Parir a cada segundo
el alba.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

El nombre del que fui.


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Lo que susurra el viento en las ventanas,
acaso el nombre del que fui,
su destino errante,
lejano de estas vísceras detenidas.

Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Hora sin voz.


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En la hora más profunda de la noche,
en esa hora sin voz,
truena la melodía gimiente
de lo que no me atrevo a cantar.

Es el tiempo de la duda
y el no ver de tanta claridad.
Es el tiempo del temor
y no saber...

Debemos andar.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

La simetría del andar.


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Me reencuentro en el silencio,
en la batalla parida por el sueño.
Es otra mi fibra, otra la simetría del andar.
Al parecer el mundo no se distrae.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Fragmento. Carta a Ulises.



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Sin fecha

Debería insistir en la íntima necesidad de entristecerte, de doblegar tu alma, si la tuvieras, y volverla hacia el desasosiego; pero los días me han embrutecido. Como todos, ya no soy el que solía ser, ahora las manos, torpes y desenfrenadas, sólo traman sombras absurdas sobre las horas que me suceden sin pasión ni sentido…
Sí, caro mío, nos hemos perdido, y eso es todo lo que podemos hacer: decirlo, sin buscarnos, y creer que es ésta la manera de hallarnos…
¡Nos aferramos a la vida cuando ya nada nos queda de ella!

Texto: Helmut Brodovsky.
Fotografía: Diego L. Monachelli

3 dic 2008

Nuevo Libro. Asesinos de Parto: Invitación.


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Yo sería un asesino de parto si tratase de explicar ahora los versos antes de que nazcan. Hay un juego de sombras y luces que rechazan de un golpe toda tentativa de aprehensión verbal. Esa es la contradicción ígnea de quien escribe a la contra. De igual modo la piara nos rodea con su juego macabro, y al tiempo unas palabras anuncian un resurgir de la inocencia, siempre en desequilibrio, siempre en estado de embriaguez. Ese es el reto de Asesinos de parto. Entre sus sombras en ocasiones refulge una luz, iluminaciones en forma de versos que son una sentencia para todo aquello que asesina lo porvenir.
Que no es buen momento para la poesía lo sabemos. Que nunca lo fue, también. Que sigue siendo necesario acometer con palabras desbordantes “esta vida a puro golpe” es una certeza que avanza ajena a cualquier fijación. Así lo resume Diego:

“Asesinar la canción
o padecer su ignominia
con la estéril gracia
de los mansos.”

Algo se nos debe. Algo debemos a esos “demasiados muertos,/arrastrando consigo/todas las banderas, todos los fantasmas.”
De otro lado se puede ser un asesino desde el parto, y a ese doble juego también hay que estar dispuestos. Que sea la hora del Poeta Asesino, de aquel que no da respuestas, que naufraga constantemente hasta que plantea la pregunta inevitable: “¿No seremos una mentira?” Lejos de la quietud, surge esa rabia compartida. A partir de esa interrogante se abre un campo de acción ilimitado. El verbo vuelve a servir para herir, y no simplemente nombrar.

“Ya no volveremos a ser
lo que nuestras bocas
reclaman en el nombre.”

En este terreno preñado de sombras y fuegos, se nos han planteado varias preguntas urgentes de responder, ya que son las de toda la vida. Lejos de la pura anotación de melancolías, fuera por completo del romanticismo barato, hay aquí un poemario que nos espeta a la cara:

“¿Quién tendrá el valor de alzarse en toda su virtud
de mamífero parlante,
de hinchar el vientre de la tierra
con los colmillos ensangrentados?”

Texto: Juanma Agulles
Fotografía: Diego L. Monachelli

Nuevo Libro. Asesinos de Parto: Advertencia al incauto lector.


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En el ejercicio de la transición, en el movimiento de la certeza que se transforma lentamente, existe un segundo de claridad grávido de sombras. Este ínfimo vislumbre necesita desarrollarse en el caos de su centro para acuñar el valor necesario y acometer el desentrañar la espesura de todo aquello que presiente, que intuye y no alcanza, no puede asir.
En ese instante surge la imperiosa necesidad de mutilar la inocencia, de violar el ritmo, de ahondar el verbo hasta que sangre de él lo que oculta.
De este alumbramiento entre sombras devienen las páginas precedentes con más de una década de antigüedad, con la misma vitalidad de entonces, con la misma urgencia de búsqueda y el mismo reclamo de poesía en transición o metamorfosis poética.
Los que han tenido la riesgosa, dudosa ventura de leer trabajos pretéritos entenderán de qué hablo. Aquellos que no, válgales esta breve descripción de los paisajes del parto como advertencia.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli