30 jun. 2007

Sólo así soy.


De amor en amor
voy pariendo
los pedazos de mi patria.

Regreso y me encuentro
en la palma de todo lo que amé.

Sólo así soy.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Condenación.


Condenación laurífera
de nombre vuelto verbo.
Grávido paisaje
de agradecido silencio.

Envilecida la sangre,
demorado el pulso en la distancia...

Una cohorte de sombras
va sembrando luz.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Las entrañas.


Qué misterio trama
las entrañas de mi camino.

Qué silencio le infunde vida...
y yo vago,
como sin rumbo,
movido por ardorosas certezas.


Fotografía - Texto:
Diego L. Monachelli

21 jun. 2007

Mariposa de piedra.


Mariposa de piedra,
nueva vértebra parida
en el beso que por amor
se niega.

Mariposa de piedra
que cantas
el gemido de la noche,
en el jardín de mis huesos
el mineral vuelo
de tu gesto
va tejiendo las entrañas
de la ausencia,
va tramando los misterios
que dan vida.

Mariposa de piedra,
la noche canta
en el gemido
de nuestros huesos.


Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

La calma de la certeza.


El sueño que no espera,
la sangre en tempestad
y la calma de la certeza.

La mañana se derrama
como una lágrima.

El sueño nunca cesa.

Fotografía - Texto:
Diego L. Monachelli

11 jun. 2007

El Palomar.

Olvido cada palabra que digo
y todos los inquilinos que me habitan
se retuercen de hambre, comenzando a
masticar todas las ventanas.

Olvido cada palabra que digo
mientras el eco de mi voz
abrasa todos los ojos,
esculpiendo las caderas
de un arroz visceral.

Las puertas me saludan
y los pechos altivos
miran la calva de un techo
inasible, haciendo esquiva
su mirada. Los vasos se beben
todos los vinos y el único
sabor que subsiste en mi boca
es el de cenicero...

Irremediablemente tendré
que alzar paredes entre
cada uno de estos rincones,
alzar gimientes bostezos,
para enredar todos los pasos
que me remueven las entrañas.

Todo el sueño se ríe en mi cara,
gastándole una broma al del patio
del fondo -¿Qué decís?-, pero el
sordo de la cuatro no entiende,
mientras, el payaso de la dieciséis
busca sus zapatos (que el pibe
de la cinco le robó)...
-¡¡¡Este palomar es un desquicio!!!
grita la doña corriendo las moscas
que duermen sobre las ideas muertas
en la mesada...

Creo que será mejor
treparme al limonero
y sentarme allí
a esperar que llegue el sueño
con el sol, antes que se sequen
las hojas de mi libreta.



Fotografía - Texto: Diego L. Monachelli

Monólogo.

Hemos perdido lo último que nos quedaba; y no hablo, como se podría creer, del regalo de los dioses. No, aún tengo mis reservas y no alcanza mi estrecha mente a pergeñar un camino que encuentre su destino claramente con respecto a él; mas sí adivino, sí tengo la certeza de que no ha sido tal obsequio venturoso.
Hemos perdido, y no por descuido, nuestro último hálito, hemos ofrecido nuestra última, y como tal la más patética, reverencia a la feroz jauría que desde siempre parió consigo sombras. A ésta entregamos nuestro sudor, nuestro rojo sudor de jóvenes siglos apenas, sin advertir en ese gesto que los muertos, rabiosas flores llevaban a nuestro entierro.
Otros hubiesen sido nuestros yerros ¡mas tan puros, tan honrosos! Otro hubiese sido nuestro destino y bien digo otro, ni más beato ni más funesto, de facto el que padecemos es el justo. Si hubiésemos bebido de los medicinales sonetos tan solo su brisa y no en cambio, como hicimos, asesinar sus versos en abismales olvidos o en oxidadas lenguas de loro; si hubiésemos cuidado, si hubiésemos escuchado aquella pequeña voz de insondables caminos, aquella en la cual la palabra patria era limpia. Ay! si hubiésemos hundido más el puñal en nuestro costado, qué tan distinto sería nuestro sino. Pero aquí nunca ha sido importante ser justos.
Recuerdo, más aun debo decir, vivo soñando a los desterrados de un pasado amor, también aquella rabia, que el ojo agudo supo ver, como tantas otras aguas, del juguete al que hoy se obliga, junto al hombre que alzó el gesto de su espíritu hacia la perfección, junto a la voz de la niebla, junto al vuelo del espantapájaros, a ese silencio conveniente para la garra hambrienta y feroz.
¿Han sido estos, y más de seguro, castigados como Casandra? ¿Hemos de ser tan necios que aun sabiendo ese castigo echamos al moderno gruñido nuestros sentidos? Hay quienes han hablado de nuestros días con descarnada certeza, sorteando lustros, décadas, siglos... padeciendo injurias, claustros, destierros, la muerte y, a pesar de ellos, lo han hecho. Ellos han sabido no traicionar su destino y yo me pregunto:
¿Acaso sabremos salvar su sangre en nuestra sangre?
Lo he dicho y lo repito, hemos perdido lo último que nos quedaba. Hemos perdido nuestro breve pasado, hemos perdido a nuestros buenos muertos, e incluso a los otros. Hemos perdido, y con ella al fin todo, la tierra que dio cobijo a nuestra carne umbrosa y temo que una vida sin pasado, por más enhiesta que se halle, jamás poseerá futuro... sólo podrá padecerlo.
--Bravo, bravo, bravisimo!!
--Excessif, repaussant...
--Pourquoi?
--Che, ¿qué dijo?
--¿Qué dijo quien?
--Widersinning, widersinning!!
--Sí, absurdo y más por...
--Siempre me gustó el aroma del jazmín.
--Treacherously offensive!!
--Esto es un bardo, loco!!
--Sí, puede ser, pero tiene cierta cadencia pretenciosa que afecta el ritmo de tal forma...
--¡Callaos multitud, que una mollera no es lugar sitio para tanto bullicio!



Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
Del libro “Los Gorriones Suicidantes”

6 jun. 2007

Oceánica.



Desaparecer,
hallarse entre los pliegues de la tinta.
Saberse, olvidar,
aprenderse.

Ahora tu nombre es un verbo
que lanzo al mar
y me cobijo en tu sombra
para descansar.

Fotografía - Texto:
Diego L. Monachelli