22 ago. 2006

II

En la cintura estelar, anhelante,
la niebla de la piel has hallado
y a tu fuego dotaste de tacto
con la embriaguez de inocente amante...

y tu luz inasible
pareció gigante
en su engañosa espesura,
y a tus ojos vacilantes
pareció parirlos
tan feroz mentira...

Ah, sin saberlo te alejabas,
ya en cuerpo y alma,
de las orbes celestes!

Y tu gracia táctil
padecerá recuerdos
de antiguas soledades,
y tu cuerpo enhiesto
reclamará suelos
donde posar sus dones...

Mas aun no lo sabes
y te apremia el deseo,
eres el selsavo sentido...
eres la vida, misterioso hado.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

Arenas del pensamiento.

Necesito sentir la carencia,
la pérdida de todo,
la ausencia del amor;
el abismo de la noche
con el oscuro frío
tiritando en mi rostro.

Estoy buscándome...
en el silencioso resplandor,
efímero, casi inexistente.

Necesito encontrar la huella
que dejó mi alma
antes de caer en este cuerpo.

Estoy perdido en las inmensas
arenas del pensamiento,
cumbre extraña a la que he llegado
casi sin aliento.

Necesito hallar la primer hoja que ha caído,
el primer sonido,
ese silencio abismal
predecesor del comienzo...

“Estoy buscando el rostro que tenía
antes que el mundo fuera hecho.”
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

Flores del aire.

He alzado mis cuencas
a la noche
para llenarlas de luz.

He abierto mis manos
a la luna
para abrigar la voz.

He partido de mi pecho
al sol
en busca de algo humano...

pues aquí el oropel,
lepisma voraz,
nada ha dejado con vida...

Letanías absurdas
de absurdos
lazarillos larvados
violaron el mundo,
segaron las más bellas
flores del aire
en su latrocinio...

¿Más debo decir?

He partido de mi pecho
al solen busca de algo humano.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

Ronda nocturna.

Despojada de gracia
rondó mi casa la muerte.

Desnuda de silencio,
hambrienta de hallar
vida que de razón
a su existencia.

La muerte ya no es la muerte,
pues se hizo hombre...
de ahí su desencanto,
su atrocidad, su oscuro andar...

¡Siempre has sido blanca!
mas lo que el hombre toca
vuelto carbón espera al tiempo,
lo que el hombre toca
parirá el espanto como los sin nombre...

Tal vez el rostro del olvido
calle el porqué de tu ocaso.
Tal vez el abismo del alma
sea el centro del hombre.

Despojada de gracia
rondó mi casa la muerte...

¿Casa? ¿He dicho casa?
Perdón, pero es que
en tan diminuta comarca
han transformado a la patria...
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

La hora del perfume.

Al tiempo de las espinas
parí mis mejores versos,
desentrañé los más lejanos ecos,
al tiempo de las espinas.

Alcé todas mis voces,
abrí al cielo
la más dulce herida
en busca de la melopea...

y en el tarantulado
de la piara
arengué mis delirios,
esgrimí sueños intactos...
loas sin tiempo
de ritmo sincopado,
como un buril certero
al centro pútrido de su sino...

Al tiempo de las espinas,
en le septiembre del silencio,
atronador se alzaron
el sueño y el verso,
ustores del cielo...

y en su llama la pequeña voz
de este muerto
que no resigna la vida
ni en la hora del perfume,
ni al tiempo de las espinas.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

21 ago. 2006

Los gorriones suicidantes.



No recuerdo cómo ni quién me dio la noticia. Simplemente, en lugar de aquellos sucesos, se halla un vacío oscuro y tenso, un devenir silencioso que desemboca su corriente junto a la cama donde yacía mi abuela.
Ella estaba inmóvil. Los ojos cerrados le imprimían a su rostro desvaído un gesto de dolor, el cual parecía tolerar con gran esfuerzo. Su cuerpo pequeño y huesudo, apoyado de sobre su costado, en posición fetal, levemente hacía respirar las glaucas sábanas.
La noche se prolongó tortuosamente. Yo intentaba no sucumbir ante la desesperación aunque era una tarea ardua. Intentaba no rendirme a esa sensación, a ese empequeñecimiento del mundo, que deviene cuando alguien amado cae gravemente enfermo. Como un rasgo de su vitalidad cotidiana, de tanto en tanto, abría los ojos y con voz diminuta, débil, insistía en que la dejara sola, que fuera a descansar... Ninguno de los dos concilió el sueño.
A la mañana siguiente, muy temprano, comenzó a llegar el resto de la familia. Hermanas, hijos, nietos, yernos, todos perturbados por la noticia y más aún por no saber qué sucedía. Cuando los ánimos comenzaron a hacer evidente su agitación por la falta de atención, fruto tal vez de las quejas que paulatinamente se hacían con mayor frecuencia y alboroto, acudió un médico. Luego de revisarla expeditivamente y hacerle algunas preguntas menores, le recomendó unas pastillas para el dolor de cabeza y que descansara en su casa. Creo que todos padecimos el mismo sentimiento de ira, pero nos contuvimos, al menos hasta que salió de la habitación.
Ya en el pasillo aquel doctor estuvo a punto de recibir una paliza multitudinaria... pero estaba dispuesto a no escuchar ninguna otra opinión, ni siquiera la explicación de las personas que conocían y convivían con aquella mujer.
Mi abuela siempre fue dueña de una vitalidad extraordinaria y si bien se quejaba constantemente de los problemas cotidianos (hasta haber convertido aquellas quejas en un signo vital y sumamente gracioso, por sus derivaciones filosóficas, de su personalidad) no se dejaba vencer fácilmente por cualquier dolencia y se oponía con férrea voluntad a caer en cama.
Sin demora, de nuestra parte, y al ver que no recibiría otro tipo de atención, la trasladamos a otra clínica... Obviamente el proceso burocrático (obras sociales, recibos, firmas, documentos, autorizaciones, dinero, etc.) no hacía más que retrasar cualquier movimiento. De tal modo están dispuestas estas legalidades que, en el momento menos oportuno tanto para el enfermo como para los compungidos familiares, uno debe pasar de una oficina a otra, secretaria por secretaria, firmando y declarando incesantemente lo mismo una y otra vez hasta la locura, sintiendo que cada segundo que transcurre es vital... aunque siempre lo son.
Hartos y nerviosos, concluidos los trámites a medias, llegamos a la otra clínica. En cuanto lo hicimos el doctor Mendiondo se presentó y junto a una enfermera se dispuso a examinar a la paciente. Detenidamente sintió y escuchó cada sonido de su cuerpo, así como las respuestas que daba a cada una de las preguntas que le hizo. Eso fue suficiente. Inmediatamente ordenó una serie de estudios e intervenciones, tomó ciertos recaudos y nos llevó fuera de la habitación.
La palabra “milagro” nos dio con certeza la gravedad del problema. A los setenta y tres años, Paulina Gómez, había sufrido la ruptura de un aneurisma cerebral y se la debía intervenir quirúrgicamente de urgencia.

Tras varios días de minuciosos estudios y rigurosos cuidados fue llevada al quirófano. La operación era altamente riesgosa y no se podía asegurar el éxito de aquella intervención. Todos nos quedamos solos, esperando impacientemente durante largas horas.
En momentos como ese la naturaleza de las personalidades, y los sentimientos, queda absolutamente expuesta, es decir, no durante esa espera sino desde que los hechos se precipitan sobre uno. Somos testigos y estamos a merced de voluntades ajenas. Uno ignora y anhela... mas no actúa. El tiempo agita todos los pensamientos como una avalancha incesante... y lo que es peor, la silueta de la muerte, que siempre nos ronda y nunca escuchamos, se delinea con nitidez, estremeciéndonos y evidenciando que somos los únicos animales que jamás se acostumbrarán a ella. Imagino, en ocasiones y no sin experimentar cierta contradicción, que somos sus predilectos. Nadie como el hombre ha sembrado tanta peste. Nadie como él, bípedo arrogante y envanecido de superioridad, es tan incapaz de convivir, de ser consubstancial materia del universo sin corromperlo... y fundamentalmente, nadie como él ha justificado tan extensamente y con tanta omnipotencia sus perversas atrocidades. Nadie, jamás, ha utilizado tantos ni tan eclécticos métodos de muerte como signo vital y primordial de su elevación por sobre el resto del mundo animal... ¿Quién daría entonces, a la muerte, tanta agitación, tanto esplendor e incontables variaciones a su rutinaria labor? ¿O acaso hasta ella misma se horroriza de nosotros?
Durante aquellas horas los ánimos fluctuaban de la trivialidad a la pesadumbre, de la tranquilidad a la impaciencia y el nerviosismo, sin contar a los impertérritos y morbosos ánimos de aquellos que, una vez enterados de lo sucedido, acuden con la única intención de alimentar sus espíritus y sus vidas vacías con los pesares ajenos. Esos que, movidos más por la exposición y el comentario de panadería, se acercan a buscar novedades e internas de los hechos para correr a dispersarlos por el barrio, sin que se agite en ellos, gracias a su patetismo y vacuidad, el más mínimo respeto.

Concluida la operación y los cuidados intensivos, le asignaron una habitación individual del segundo piso. Desde allí se podía observar la tupida fronda de la plaza que, atravesando la avenida, se abría paso hacia un cielo despejado y caluroso de un noviembre espléndido.
Ella dormía profundamente y reinaba cierta tranquilidad en el ambiente, aunque ya se había despertado y sus primeras palabras fueron imperativas. Sí, con voz débil todavía me exigió que le alcanzara sus dientes. Tal orden me relajó y me hizo reír. Luego de que le abrieran el cráneo, le reconstruyeran una vena de su cerebro, no sin antes abrirle cierta arteria sobre el cuello para llegar, con un pequeño conducto hasta no sé donde. Luego de haber drenado desde su propia masa encefálica torrentes de sangre... ella se procuraba la dentadura... Era una pequeña evidencia. De alguna manera se sentía aliviada.

La abuela ya estaba mejor y parecía no haber sufrido ningún daño. Las breves discusiones y las reprimendas fueron incesantes. Por orden expresa de su médico ella no debía hablar ni moverse demasiado pero su verbosidad era incontenible. Parecía haber regresado de aquel quirófano con una aceleración, con un deseo de hablar que no se podía explicar. Pero todo intento de disuadirla fue inútil. Nada hacía callar a la abuela, salvo, y como para mantener las apariencias, cuando una enfermera o Mendiondo acudían a controlar su estado.
Una de aquellas noches, mientras ella renegaba por la comida sosa que le traían de cena, fue que observé, en el poste de luz de la calle, frente a la ventana, un pequeño bulto que colgaba desde un cable, justo antes del farol. Aquel extraño apéndice de la luminaria ni era más que un gorrión. El cable parecía enroscarse en el breve cuello del pájaro y su diminuto cuerpo, rígido e hinchado, se mecía levemente. La abuela protestaba y comía. Imaginé que era una más de las tantas trampas con que el progreso acecha a los animales, así como las redes, las turbinas o los desechos tóxicos. Pero aquella escena parecía demasiado caprichosa, particular.
Me invadió una tristeza agobiante, una desolación inconmensurable y tal vez, por estas emociones, no opuse resistencia ante la idea que avanzaba en mí con paso de funeral... El pájaro aquel se había suicidado.
En medio de tan singular duelo comenzaron a llegar algunos familiares y a media que lo hacían, yo les señalaba aquel hallazgo. Nadie lo tomó en serio, ni al pobre suicida ni a mí. El hecho movió a risa a todos ellos e, inevitablemente, a ciertos comentarios, algunos acerca de mi cordura, otros de mi imaginación. Pero yo no dudaba de ninguna de ellas. No creía necesario demasiado ni de una ni de otra para ver algo que llanamente estaba ante nosotros, casi al alcance de la mano, como una muda señal de advertencia. La abuela renovaba sus quejas con los recién llegados y me sonreía cariñosamente.
Aquella noche, y por primera vez desde que todo había comenzado, ella quedó sola en la clínica. Esto dio lugar a una reunión para discutir lo que se estaba musitando por los pasillos... La abuela ya no podía trabajar, no debía hacer esfuerzos ni agitarse, por ende no podía ya vivir sola. Toda la familia dispuso qué hacer y qué no, como si a ella le hubieran extirpado en aquella operación la voluntad y sus facultades. Con extrañas formas amorosas todos disponían sobre su vida de una u otra manera sin detenerse a pensar en su opinión o sus deseos, transformada por las circunstancias en un objeto, un lastre o una pertenencia.
Al día siguiente, sin haberme despojado de aquella imagen en toda la noche y tras haberme formulado incansables preguntas, me senté en la vereda de la clínica antes de entrar.
Aquel gorrión se mecía brevemente en lo alto y el sol de la mañana confundía su sombra con las de las hojas de los árboles sobre la avenida. Nadie reparaba en él. Los transeúntes iban y venían acaloradamente, todos con la vista al frente o hacia el piso. Descendían o ascendían a los taxis sin detenerse un segundo. Caminaban todos entre árboles, hombres y mujeres como si lo hicieran por un estrecho corredor, amurallado con frías e inexpresivas paredes. Los conductores, veloces, violentos, como quien escapa de algo, repetían su rígido y estruendoso ballet.
Una vez en la habitación acomodé mi silla cerca de la ventana. La abuela estaba mucho mejor y el turbante que coronaba su cabeza se había transformado en una gruesa bincha dándole un aspecto grave y combativo.
Pronto me di cuenta que los pájaros que rondaban por allí no se detenían sobre aquella luminaria. Se posaban por doquier mansamente, incluso sobre la ventana, pero nunca sobre aquel farol. La soledad y la quietud que circundaban al gorrión ahorcado, en medio de aquella agitación, le imprimía a la pequeña escena cierto dramatismo.
La abuela a lo largo de aquel día fue sometida a distintos exámenes y trasladada para ello a otras instalaciones. No recuerdo quién la acompañó. Yo, por mi parte, deseaba caminar.
La plaza no era precisamente la mejor diseñada pero sí, tal vez, la más poblada de árboles. El aire fresco corría por entre las voluminosas copas con suavidad. Era una especie de discreto oasis en medio de aquel desierto, de aquellas soledades multitudinarias.
Me senté en uno de los bancos más cercanos al centro de aquellas cuatro hectáreas y comencé a escudriñar, aguzando la vista, las ramas que me separaban del cielo. Era difícil distinguir qué era lo que veía pero me pareció descubrir, en algunas de ellas, pequeños cuerpos que se mecían. Caminé a lo largo de aquella plaza una y otra vez observando el verde firmamento, intentando ver con claridad. ¿Por qué un animal, sobre todo un pájaro, tan comúnmente envidiado por su arte de volar, tenía aquel rasgo humano? ¿Cómo lo hacían?
Estuve a punto de treparme a uno de los árboles tras haber descubierto lo que parecía con seguridad, otro gorrión suicida. Pero desistí. Sentí que intervendría en un acto de la naturaleza del cual no era digno. Temí corromper cierto orden o más bien temí hallar una incriminación abierta a la raza que indefectiblemente encarno...
Una adusta pena me embargó y sufrí ese síndrome de enfermo... ese empequeñecimiento del mundo que no nos permite ver más allá de los hechos que nos atañen individualmente... y tal vez por ello sentí una gran soledad... No lo sé.
Me marché de la plaza caminando distraídamente. Mis pensamientos no se despojaban de aquel evento, de aquella sensación tan difícil de explicar... Sentía que todo lo visto encerraba una clara idea, mas no podía comprender ciertamente cuál.
Mientras deambulaba sin rumbo, extraviado en mis ideas, hallé una vieja casa. Ostentaba un oxidado cartel: “Villa Roca”. Dispuesta como era costumbre antaño, una extensa galería comunicaba todas las habitaciones y la separaba de un inmenso jardín. Su aspecto era lúgubre a pesar de estar florida y cargada de sol. Pero el progreso había actuado como de costumbre. La antigua casa había sido cercada por altos edificios y por una gran construcción que pretendía ser en un futuro, un colegio. Agobiado el espacio de aquella casa, no hacía más que evidenciar silenciosamente el vértigo sin sentido ni planificación del hacinamiento de esta ciudad antiestética.
Me detuve a observar su arquitectura. Seguramente era una de las primeras casa de esta zona. Súbitamente tuve la sensación de ser observado. La casa parecía deshabitada y sin embargo algo desde ella parecía observarme fijamente. Me quedé inmóvil. Lentamente y de a pequeños grupos, comenzaron a poblar el gran jardín de la villa, innumerables gatos. Hermosos y gordos, todos parecían aceptar mi presencia con recelo, manteniendo la distancia. Mis intentos de acercarlos fueron inútiles. Me observaban con aire soberbio y volteaban haciéndome sentir que ellos eran los que decidían. La belleza de aquellos animales era deslumbrante así como increíble la cantidad. Ellos parecían dominar aquel territorio. Todos los tamaños, todos los diseños imaginables parecían reunirse en aquel parque.
Permanecí allí varios minutos casi inmóvil, observando tan lánguido desfile, hasta que una violenta escena se desató detrás de las rejas. El vértigo que le imprimieron a sus movimientos aquellos animales no me permitió comprender totalmente lo que sucedía, pero pronto se repitió. La imagen abrumó mis ideas. Los gorriones detenían su vuelo en las ramas más bajas y observaban detenidamente aquel ejército de gatos. Luego, con una increíble actitud de entrega, descendían planeando suavemente hasta el césped. Se posaban sobre él, enfrentando al grupo de gatos que parecían haber elegido, y estos se abalanzaban sobre ellos como fieras sangrientas hasta destrozarlos. Se dejaban atrapar... Se entregaban!
La misma escena se repetía en distintos rincones del jardín. Los gordos felinos transitaban de una lánguida y apacible actitud, a la más feroz y encarnizada de las luchas... y los gorriones se rendían silenciosamente.
Estupefacto, me marché, casi corriendo. Me detuve en la esquina para orientarme. La gente caminaba delante de aquellas rejas sin observar nada de aquel extraño circo romano. Es imposible explicar mis emociones, en ciertos casos, las palabras son demasiado pobres o uno demasiado torpe para hacerlo.
Mientras me dirigía nuevamente hacia la clínica creí ver algunos gorriones colgando de árboles y faroles. No podía creer ni entender aquellos sucesos tan evidentes y al mismo tiempo tan arcanos.
Al llegar a la habitación todos esperaban fuera, con aire nervioso. La abuela, en los traslados, había sufrido una recaída.
Aquella sedición me resultó extraña, ajena y distante. La abuela no tardó mucho en ser regresada a su cama. Dormía profundamente. Observé por la ventana. Ni gorrión ni cable pendían ya del farol. Quise hacer averiguaciones pero, ¿a quién preguntar, cómo explicarlo? Era inútil.
Hubo instantes en que creí verlo. Diminuto, solitario... singular y muda advertencia meciéndose en lo alto, más allá de la enajenación y la nada...

Todo aquello sucedió a lo largo de un mes, vertiginoso y extraño por cierto. A partir de entonces la familia comenzó a disgregarse. Las íntimas intenciones, las inconfesables, de cada uno parecían ser, al menos para mí, harto evidentes. El juicio que cada uno abría sobre el otro y jamás confesaba. La hipocresía y los temores, el egoísmo... las manipulaciones que ejercían resultaban groseramente obvias. Todos, a partir de entonces, nos dividimos, nos distanciamos.
La abuela sobrevivió sin secuelas y aún conserva su forma graciosa de renegar del universo... El resto se transformó en un tumulto de soledades que ostentan sin fundamento sano y amoroso, un lazo sanguíneo, un apellido en común... Yo por mi parte, jamás volveré a ser el mismo... así como nunca dejaré de pensar en lo que nos intentan decir, en lo que existe detrás de los gorriones suicidantes.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
del Libro "Los gorriones suicidantes"
próximo a editarse en España.

20 ago. 2006

Una carta.

Silencioso vientre,
tumba arcana de la savia en celo...
sobre ti mi sangre se derrama
en su mineral gesto.

Pálidos ardores
de antiguos ecos,
ilustre prosapia
que nos proscribe,

y al fin tu alma y mi alma
hacia un ciego misterio se lanzan...
ignívomas palomas
hacia el abismo del mañana.

Silencioso vientre,
tumba arcana de la savia en celo...
sobre ti mi sangre se derrama
en su mineral gesto...

pues, al fin, la misma muerte nos ronda,
la misma tierra por ambos clama.

Ilustraciones: Laura Hoppe
Texto: Diego L. Monachelli
del libro de ilustraciones poetizadas
“Diez cosas que pueden hallarse detrás de una puerta”

Doppelgänger.

Tal vez nunca sepan quién o quienes escribieron esto. Nunca sabrán si en este momento soy un mero personaje o soy yo mismo verdaderamente, o quizás sea un personaje creado por otro personaje, parido en la tinta por una mano sin nombre, tal vez yo mismo nunca lo sepa, pero eso no tiene importancia, no por ahora.
Los hechos pueden ser crueles, parecer de ficción o ser juzgados como una patética mentira, pero nadie puede negar la realidad. Existen acontecimientos comunes a todos, severamente comunes; la calle, la multitud, una sala en silencio, cosas que van grabando en nuestras vidas estigmas que suelen parecer insignificantes o hasta inútiles pero no creo estar hablando de esa realidad. El cúmulo de circunstancias genera un todo y convergen en un segundo, caben en un parpadeo. Cada actitud, cada movimiento y reacción nos delinean un futuro, mas lo único cierto es el ahora, aunque lamentablemente ya es pasado, y, así, es como todo transcurre casi sin ser advertido, ya todo es pasado.
En ese pasado fue que el hoy tomó forma, en un pasado donde mis cabellos aún... no, será mejor no pensarlo, pero estoy afortunadamente condenado a sucederme en el tiempo y ser testigo de mi decrepitud. Pasaba entonces mi tiempo entre libros y de tanto en tanto discurríamos en extensas discusiones con mis dos únicos amigos. Para la gente de mi entorno siempre resulté sombrío, aunque el verdadero motivo de tal repulsión no yacía en mí si no en lo que ellos creían que yo era; nada puede más con una realidad que la obsesión nacida de la ignorancia y así es que todo sucede, siempre fui esa tierra fecunda en la cual todos depositan su semilla de miedo, y desconocimiento, que germina velozmente bajo el azote de los vientos que mueven los más oscuros deseos, inconfesables. Imaginen que en estas circunstancias, ¿a quién podría confesar lo que me sucedía sin alimentar cualquier absurdo?
Una noche, en medio de aquellas conversaciones, creo, fue que todo comenzó, mientras uno de mis amigos hablaba. Lentamente su rostro se tornó pálido, sus ojos parecían rasgarse, su nariz suavemente se encorvaba para luego recomponerse en una rectitud matemática; su voz, es decir, su discurso no menguaba y nuestro otro compañero parecía no advertir tales movimientos. Intenté despabilar mis sentidos, bebí algo y creí que era culpa de la fatiga, en esos tiempos acostumbraba no dormir por días, hoy me doy cuenta que es realmente inútil aunque ya no puedo hacer otra cosa. Por unos segundos volví a ver su duro rostro como siempre, tuve la sensación de notarlo más viejo, pero eso no llamó mi atención. El tono de su voz comenzó a tornarse grave, oscilaba, subía a su agudo natural y descendía a una gravedad cavernosa; fue en esos niveles, en esas vibraciones, que mi consternación llegó a su clímax, no era su voz si no la mía la que emitía aquel cuerpo; pero eso no bastó, todas sus facciones comenzaron a moldearse nuevamente y de su rostro al mío hubo una fase horrenda, completamente amorfa, indescriptible. Mi consternación se transformó en fascinación, excitado me veía y me escuchaba hablar sin participar de aquella estructura de ideas, de palabras. Podía escucharme perfectamente y discernir, dividir y contraponer ideas sin siquiera saber cuál sería mi respuesta, es decir, la de aquel que ahora era yo sin dejar de ser yo quien era.
La conversación continuó, lentamente retorné a la conciencia ordinaria del yo y al hacerlo comprendí que ninguno de mis camaradas había notado tal suceso por lo cual decidí no comentarlo; cierto es que el tema de conversación había recorrido vastas sendas pero al momento de retornar a mi mismo (por decirlo así) advertí que estábamos hablando del doppelgänger, nada parecía casual, mas a pesar de eso no tuve el valor de explicar lo sucedido, me sentía cansado. Si hubo un comienzo de seguro había sido aquel.
Días después me encontré en la calle con una vieja amiga (aunque dudo de llamarla así) con la que nos detuvimos a hablar y nos sentamos en un banco de plaza. Al despedirnos tuve la sensación de ser testigo de mi propia despedida, su saludo pareció ser el mío, su gesto, su andar al marcharse. Entonces fue que escuché, no yo si no el otro, su voz diciendo por lo bajo lo poco grato que realmente yo le resultaba. Aquel episodio me causó tremenda gracia pero no duró mucho. Un joven que transitaba por aquella enorme plaza me abordó pidiéndome alguna indicación, no recuerdo que, mi consternación fue absoluta; al pedirle que repitiera lo que me dijo lo observé a los ojos y me encontré nuevamente ante mí con una gentil y macabra sonrisa. Mi voz, la suya, que era otra en mi rostro, y la de aquella mujer, resonaron en una triada implacable, una comunión extraordinaria y avasallante. Salí corriendo, escapando de mí mismo. Al llegar a mi casa todo parecía volver a la normalidad, si es que algo así existe. Pronto la noche se arrellanó sobre los techos y en esa misma noche, en la que siempre me sentí tan cómodo, una desesperación atroz me invadió. Tapé todos los espejos de la casa temiendo lo peor, temiendo enfrentarme al incorruptible portal, al insondable abismo del detenido mercurio. Mis ideas rondaban el oscuro presentimiento, algo, sin quererlo, se me había dado a saber, algo inaudito. Esa misma noche, casi eterna (aunque en ese momento no poseía la certeza de lo eterno) descubrí en mi casa rincones increíbles, las horas torturaban mi pensar, destruí los relojes; las puertas me estremecían en su rechinar, en el movimiento de su madera, cerré todas las ventanas y corrí cuidadosamente todas las cortinas temiendo su reflejo. Intenté leer pero fue inútil, una sola idea rondaba mi mente y me atormentaba.
Al llegar el alba, que apenas filtraba su luz, me sentí cansado y decidí acostarme, por un instante todo fue calma. Súbitamente, como proveniente de un sueño, escuché el estridente sonido de un reloj, instintivamente acerté un golpe sobre mi costado y me levanté. Caminé unos pocos pasos hasta el baño y lavé mi rostro con agua fría; al alzar la vista me encontré ante el espejo, un terrible espanto me recorrió por completo, no era yo, era otro, era aquel comensal, el de aquella noche donde todo comenzó. Traté de serenarme y difícilmente lo logré, para entonces ya estábamos rumbo a su trabajo e inútilmente yo trataba de regresar a mí. Sentí su sereno andar y su calma, recorrí, con él, todos sus pensamientos, sus emociones, su calambre estomacal de todas las mañanas. Me distraje en su ser, mas recién ahí se me dio a conocer, por completo, tan increíble trama.
Ya en su trabajo, junto a sus colegas, me di cuenta, no sin horror, cual sería mi destino. Uno de ellos se acercó a nosotros y extendió su mano, alzamos las nuestras, es decir, él alzó las nuestras y en ese instante me esforcé en un nuevo intento de regresar a mí, pero fue inútil. Cuando sus miradas se cruzaron en ese saludo cotidiano un violento movimiento se sucedió, de un cuerpo al otro hubo una fase horrenda, completamente amorfa, indescriptible; pensé, recuerdo, que tal vez era esa la forma real del universo. Ahora, luego de tanto tiempo, recién ahora he hallado algo de tranquilidad. De aquellos comensales, Anscario y Clodoveo, como de mí, no he vuelto a saber nada y mi destino jamás se detuvo, tan solo ahora un instante. Aquí donde estoy, en este joven, me he encontrado a gusto, sus hábitos y los míos, ya antiguos, son casi los mismos; he vuelto a la lectura, a la música, a las incansables conversaciones y por primera vez, luego de incontables noches, puedo alzar una pluma, aunque seguramente él dará por sentado que esta es una invención de su propio peculio.

Ilustraciones: Lucia Lemmi
Texto: Diego L. Monachelli
del Libro "Los gorriones suicidantes"
próximo a editarse en España.

El jardín de nuestros huesos.

Mariposa de piedra,
nueva vértebra parida
en el beso que se niega
por amor...

Mariposa de piedra
que cantas el gemido
de la noche
en el jardín de mis huesos,
el mineral vuelo de tu gesto
va tejiendo las entrañas
de la ausencia...
va tramando los misterios
que dan vida.

Mariposa de piedra,
la noche canta
en el gemido
de nuestros huesos.

Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

18 ago. 2006

Umbral.

Que el descanso
sea tu victoria...
pero que nada se detenga
en ese umbral!
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

I

Surca el silencio el silencio,
viaja y descubre la pasión dormida,
las plantas enlodadas,
todas abiertas las heridas.

Se abandona al sueño
y su madriguera dormida
se alza en llamas
tras sus negras pupilas.

Se arroja, estremecidas sus fibras,
en busca de las entrañas
de lo que será, en un futuro,
su condena...

Pues el aire quiere rocas
que canten su voz eterna,
y las rocas quieren mares
que alcen gritos en su dureza.

Así el mundo se mueve,
en la penumbra hambrienta,
con sus retinas agotadas
de cenicienta noche...

y en busca del rojo pulso
ella se lanza, creyéndose ciega,
en busca de la carne magra
que colme de tino sus dormidas palmas...

Oh, inocente nada!!
ya todo lo eres al lanzarte tras lo que amas.
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli

La voz que no cesa.

Soy esa voz que calla
pero no cesa.
Soy esa sombra
que canta...
Texto - Fotografía: Diego L. Monachelli